Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la parte antigua de la ciudad de Coimbra, la ciudad que fuese en tiempos capital de Portugal, las calles empedradas bajan en pronunciada pendiente hacia la zona nueva que ha crecido a la orilla del río. Calles vestidas de hermosos edificios antiguos, con sabor medieval en sus puertas, torreones y ventanas. Hoy, al caer el crepúsculo, las calles vacías repiten, como un eco, el taconeo de mis pasos al recorrerlas. En algún lugar cercano una guitarra rompe el silencio de la noche; un punteo firme y triste, casi un lamento, llega hasta el alma, poniendo un no se qué de nostalgia y melancolía, que los portugueses llaman saudade. El cielo claro de la noche que comienza deja ver las primeras estrellas y se marca en ese oscuro firmamento el trazo de la Vía Láctea, dibujando caminos y rumbos a lo desconocido.
Mis pasos me llevan hacia la ribera del río. Avenidas amplias y bien iluminadas dan fe de una ciudad más bulliciosa. Paso el puente y, como si fuese la puerta a otra época, se transforma de nuevo el paisaje y me encamino hacia el hotel donde paro. A Quinta das Lágrimas, se llama. Un edificio de sabor clásico de salones en piedra, grandes escaleras y un jardín lleno de un especial encanto, con restos de antiguos edificios, un arco apuntado de sabor gótico y una fuente.
El jardín tiene un halo de misterio, una belleza que se desborda y un pálpito desdichado. Fue lugar de encuentro de los amores de Doña Inés de Castro con Don Pedro de Portugal, amores apasionados y correspondidos; amores políticamente inoportunos. Amores que se vieron premiados con cuatro hijos, como cuatro preciosas bendiciones. El Palacio das Lágrimas era el refugio de ambos, su lugar de encuentro, allí donde se hacían realidad aquellos anhelos de permanecer uno en brazos del otro, el sitio mágico donde los besos y las caricias eran reales y magníficas. El mundo moría a las puertas de aquel palacio para que viviese la pasión, el amor en todas sus manifestaciones. Mas, siempre la felicidad y la dicha de unos provoca envidias y rencores en otros. No faltaron las gentes bienintencionadas que hablaron del peligro para el reino, que utilizaron sus lenguas como veneno para emponzoñar aquel amor que refulgía como piedra preciosa en aquel entorno de intereses y maniobras.
Vino así la muerte de Inés, asesinada con la complacencia del rey, padre de Don Pedro. Y ello trajo el dolor, la venganza… pero eso es ya historia.
Ahora yo me encuentro en ese jardín, envuelto por la noche, paseando entre las piedras que contemplaron la dicha de los enamorados y que fueron testigos de la desgracia. Piedras que, dice la tradición, aún guardan las manchas que dejara la sangre de la desdichada Inés. Me siento en un banco de piedra, está frío a pesar de la calidez de la noche. Me parece escuchar en los rumores que trae el viento el eco de los gritos de miedo y dolor de aquella mujer enamorada, que no creía que el pago de su amor fuese la muerte.. En el suelo, junto a la fuente unas cuantas amapolas pintan de rojo la hierba. Una canción que habla de amores desgraciados se oye lejana. Y uno se entristece con la trágica historia. Un sentimiento de dolor íntimo llega y te hace preguntarte ¿por qué alguien tiene que acabar con la dicha ajena? ¿Qué ha hecho el amor para ser tan maltratado?
Y dos lágrimas han recorrido mis mejillas.
Mis pasos me llevan hacia la ribera del río. Avenidas amplias y bien iluminadas dan fe de una ciudad más bulliciosa. Paso el puente y, como si fuese la puerta a otra época, se transforma de nuevo el paisaje y me encamino hacia el hotel donde paro. A Quinta das Lágrimas, se llama. Un edificio de sabor clásico de salones en piedra, grandes escaleras y un jardín lleno de un especial encanto, con restos de antiguos edificios, un arco apuntado de sabor gótico y una fuente.
El jardín tiene un halo de misterio, una belleza que se desborda y un pálpito desdichado. Fue lugar de encuentro de los amores de Doña Inés de Castro con Don Pedro de Portugal, amores apasionados y correspondidos; amores políticamente inoportunos. Amores que se vieron premiados con cuatro hijos, como cuatro preciosas bendiciones. El Palacio das Lágrimas era el refugio de ambos, su lugar de encuentro, allí donde se hacían realidad aquellos anhelos de permanecer uno en brazos del otro, el sitio mágico donde los besos y las caricias eran reales y magníficas. El mundo moría a las puertas de aquel palacio para que viviese la pasión, el amor en todas sus manifestaciones. Mas, siempre la felicidad y la dicha de unos provoca envidias y rencores en otros. No faltaron las gentes bienintencionadas que hablaron del peligro para el reino, que utilizaron sus lenguas como veneno para emponzoñar aquel amor que refulgía como piedra preciosa en aquel entorno de intereses y maniobras.
Vino así la muerte de Inés, asesinada con la complacencia del rey, padre de Don Pedro. Y ello trajo el dolor, la venganza… pero eso es ya historia.
Ahora yo me encuentro en ese jardín, envuelto por la noche, paseando entre las piedras que contemplaron la dicha de los enamorados y que fueron testigos de la desgracia. Piedras que, dice la tradición, aún guardan las manchas que dejara la sangre de la desdichada Inés. Me siento en un banco de piedra, está frío a pesar de la calidez de la noche. Me parece escuchar en los rumores que trae el viento el eco de los gritos de miedo y dolor de aquella mujer enamorada, que no creía que el pago de su amor fuese la muerte.. En el suelo, junto a la fuente unas cuantas amapolas pintan de rojo la hierba. Una canción que habla de amores desgraciados se oye lejana. Y uno se entristece con la trágica historia. Un sentimiento de dolor íntimo llega y te hace preguntarte ¿por qué alguien tiene que acabar con la dicha ajena? ¿Qué ha hecho el amor para ser tan maltratado?
Y dos lágrimas han recorrido mis mejillas.