La ruina y el vuelo de las gaviotas

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
LA RUINA Y EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

Hoy fui al centro de salud con los resultados de la analítica.
En mi caso son absurdos estos pinchazos
porque soy un jodido perro autónomo
y ya se sabe que a los perros autónomos
no se les permite ponerse enfermos.
Además, las venas se me asustan y el practicante clava por clavar...
Pero en fin, me hago las dichosas analíticas aunque solo sea por ver
si la cerveza me sigue sentando tan bien.
Entré a la consulta y le entregué el informe al médico.
Comenzó a pasar las páginas con la grave indiferencia de un notario
cuando de pronto endureció su rostro y clavó sus ojos en los míos;
¿hay algo que acojone más que un médico acojonado?,
quizá la cara de terror de una azafata de avión, poco más.
Yo, incapaz de decir nada, me encogí de hombros,
y él volvió su mirada hacia el informe
mientras apretaba sus labios
y negaba levemente con la cabeza.
Volvió a mirarme y volvió al informe
y así unas cuantas veces más
hasta que saqué el valor para balbucear:
pero… ¿qué pasa?
Y entonces, con voz profunda, me contestó:

¿Su coche, su nevera y su lavadora
gotean líquidos diversos por sus grietas?

Sí.

¿El friegaplatos se le desconectó hace un año?

Sí.

¿La televisión tiene el tamaño de un ipad pero sin ser fino?

Sí.

Los rodapiés de su casa van perdiendo su verticalidad
y la madera del parqué cruje
como si paseara por un bosque de castaños en otoño.

Sí, sí.

A ver..., aquí leo que la ducha no le controla el chorro
y la propietaria les amenaza con subir el alquiler.
La patilla derecha de sus gafas se le desprende
al menos dos veces al día
preferiblemente delante de los clientes.
Y qué decir de los manillares de la casa
y el gusto que tienen por quedarse en la mano, ¿verdad?,
mientras ese arrogante trozo de metal laqueado
se le queda mirando con desprecio
como diciéndole: mira lo que has hecho pedazo de bestia.
Veo que se rompieron las patas de la cama y que ahora es un tatami.
Me preocupa lo poco que me duerme y lo mucho que se queja...
¿Qué batallas libra usted cada madrugada?,
¿cuántas veces se asoma al cuarto de sus hijos?,
¿por qué tiene tanto miedo al futuro?,
¿de qué tiene miedo?

¡Ya basta!
¡Maldito sicópata!, ¿usted quién cojones es?,
¿por qué sabe tanto de mi vida?

¡En primer lugar todo esto no lo digo yo, lo dice el informe!,
—y lo arrojó indignado al aire—
y en segundo lugar yo le digo que estos resultados no son vida,
son la penosa consecuencia de la ruina que está acabando con usted.
No me explico cómo la decadencia material y el miedo al futuro
pueden llevarse por delante a un presunto... ¿poeta?: ¡espabile!
y deje de quejarse por la vida que aún le pertenece.

Sin mediar palabra salí de la consulta
y crucé el pasillo con la barbilla bien encajada en el pecho
mientras el médico desde el quicio de su puerta
no paraba de increparme: ¡deje de quejarse poeta de garrafón!
Una vez en la calle corrí hasta el bar de la esquina
y pedí una jarra de cerveza que bebí de trago.
Me sentía profundamente gilipollas
pero en la ciénaga de mi bochorno
rugía esa luz poderosa de quien ha resuelto una conjetura.
Era un gilipollas, ¡pero cada vez menos gilipollas y más feliz!
Y en pleno orgasmo revisionista de mi ser
el estúpido jefe de aquel bar se colocó a mi lado a gruñir
con postura torera, palillo en la boca
vaso de brandy y rodea en el hombro
mientras no apartaba la mirada del televisor.
Que si el camarero no sabía servir una caña,
que si las puertas de cristal nunca cerrarían bien,
que si el barrio era una mierda,
y dirigiéndose a mí me preguntó:
a ver, ingeniero, entonces, ¡¿qué cojones hago?!

No sé si tiene usted remedio, caballero,
pero pruebe a hacerse una analítica aquí enfrente.
¡No!, mejor aún, todos ustedes
(dirigiéndome a la gente que estaba en el bar)
¡háganse una analítica y déjense vivir!

Al salir alcé la mirada al cielo y recordé que era primavera
y me entraron unas ganas irrefrenables de saludar al quiosquero,
a la frutera, a los vecinos y a los perrines con los que me cruzaba;
sé que soy feliz cuando mi luz es la luz del mundo...
Y me sentí protagonista de aquellos versos
que cantaba mi padre por la calle cuando yo era crío
mientras paseábamos —libres— cogidos de la mano,
y yo le sonreía y él me guiñaba el ojo
y la gente nos miraba y éramos felices...

¡Quise volar como vuelan las gaviotas!
y en los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
no vaya a ser que fuera contagioso
tratar de ser feliz de aquella forma.



Kalkbadan
En Madrid a 7 de junio de 2019


Versos de Alberto Cortez, tomados de su tema «Castillos en el aire».
 
Última edición:
LA RUINA Y EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

Hoy fui al centro de salud con los resultados de la analítica.
En mi caso son absurdos estos pinchazos
porque soy un jodido perro autónomo
y ya se sabe que a los perros autónomos
no se les permite ponerse enfermos.
Además, las venas se me asustan y el practicante clava por clavar...
Pero en fin, me hago las dichosas analíticas aunque solo sea por ver
si la cerveza me sigue sentando tan bien.
Entré a la consulta y le entregué el informe al médico.
Comenzó a pasar las páginas con la grave indiferencia de un notario
cuando de pronto endureció su rostro y clavó sus ojos en los míos;
¿hay algo que acojone más que un médico acojonado?,
quizá la cara de terror de una azafata de avión, poco más.
Yo, incapaz de decir nada, me encogí de hombros,
y él volvió su mirada hacia el informe
mientras apretaba sus labios
y negaba levemente con la cabeza.
Volvió a mirarme y volvió al informe
y así unas cuantas veces más
hasta que saqué el valor para balbucear:
pero… ¿qué pasa?
Y entonces, con voz profunda, me contestó:

¿Su coche, su nevera y su lavadora
gotean líquidos diversos por sus grietas?

Sí.

¿El friegaplatos se le desconectó hace un año?

Sí.

¿La televisión tiene el tamaño de un ipad pero sin ser fino?

Sí.

Los rodapiés de su casa van perdiendo su verticalidad
y la madera del parqué cruje
como si paseara por un bosque de castaños en otoño.

Sí, sí.

A ver..., aquí leo que su móvil es Huawei,
la ducha no le controla el chorro
y la propietaria les amenaza con subir el alquiler.
La patilla derecha de sus gafas se le desprende
al menos dos veces al día
preferiblemente delante de los clientes.
Y qué decir de los manillares de la casa
y el gusto que tienen por quedarse en la mano, ¿verdad?,
mientras ese arrogante trozo de metal laqueado
se le queda mirando con desprecio
como diciéndole: mira lo que has hecho pedazo de bestia.
Veo que se rompieron las patas de la cama y que ahora es un tatami.
Me preocupa lo poco que me duerme y lo mucho que se queja...
¿Qué batallas libra usted cada madrugada?,
¿cuántas veces se asoma al cuarto de sus hijos?,
¿por qué tiene tanto miedo al futuro?,
¿de qué tiene miedo?

¡Ya basta!
¡Maldito sicópata!, ¿usted quién cojones es?,
¿por qué sabe tanto de mi vida?

¡En primer lugar todo esto no lo digo yo, lo dice el informe!,
—y lo arrojó indignado al aire—
y en segundo lugar yo le digo que estos resultados no son vida,
son la penosa consecuencia de la ruina que está acabando con usted.
No me explico cómo la decadencia material y el miedo al futuro
pueden llevarse por delante a un presunto... ¿poeta?: ¡espabile!
y deje de quejarse por la vida que aún le pertenece.

Sin mediar palabra salí de la consulta
y crucé el pasillo con la barbilla bien encajada en el pecho
mientras el médico desde el quicio de su puerta
no paraba de increparme: ¡deje de quejarse poeta de garrafón!
Una vez en la calle corrí hasta el bar de la esquina
y pedí una jarra de cerveza que bebí de trago.
Me sentía profundamente gilipollas
pero en la ciénaga de mi bochorno
rugía esa luz poderosa de quien ha resuelto una conjetura.
Era un gilipollas, ¡pero cada vez menos gilipollas y más feliz!
Y en pleno orgasmo revisionista de mi ser
el estúpido jefe de aquel bar se colocó a mi lado a gruñir
con postura torera, palillo en la boca
vaso de brandy y rodea en el hombro
mientras no apartaba la mirada del televisor.
Que si el camarero no sabía servir una caña,
que si las puertas de cristal nunca cerrarían bien,
que si el barrio era una mierda,
y dirigiéndose a mí me preguntó:
a ver, ingeniero, entonces, ¡¿qué cojones hago?!

No sé si tiene usted remedio, caballero,
pero pruebe a hacerse una analítica aquí enfrente.
¡No!, mejor aún, todos ustedes
(dirigiéndome a la gente que estaba en el bar)
¡háganse una analítica y déjense vivir!

Al salir alcé la mirada al cielo y me acordé de que era primavera
y me entraron unas ganas irrefrenables de saludar al quiosquero,
a la frutera, a los vecinos y a los perrines con los que me cruzaba,
y me sentí protagonista de aquellos versos
que cantaba mi padre por la calle cuando yo era crío
mientras paseábamos —libres— cogidos de la mano,
y yo le sonreía y él me guiñaba el ojo
y la gente nos miraba y éramos felices...

¡Quise volar como vuelan las gaviotas!
y en los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
no vaya a ser que fuera contagioso
tratar de ser feliz de aquella forma.



Kalkbadan
En Madrid a 7 de junio de 2019


Versos de Alberto Cortez, tomados de su tema «Castillos en el aire».

APLAUSOS, EXCELSO, gran placer la lectura. Fuera anonimato. Buen día Kalkbadan
 
Se diría que vivimos en una jaula de cristal y somos/estamos tan gilipollas que nuestro mayor miedo es que se rompa, cuando probablemente sería la única forma que podría acercarnos realmente a la felicidad. En el fondo lo sabemos, pero nos faltan huevos para pasar de la teoría a la práctica y atrevernos a romper el cristal (nosotros que podemos), y mientras lo pensamos se nos escapa la vida y las oportunidades de "volar"
Muy bueno, querido Andreas. Mis felicitaciones y abrazo amigo.
 
LA RUINA Y EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

Hoy fui al centro de salud con los resultados de la analítica.
En mi caso son absurdos estos pinchazos
porque soy un jodido perro autónomo
y ya se sabe que a los perros autónomos
no se les permite ponerse enfermos.
Además, las venas se me asustan y el practicante clava por clavar...
Pero en fin, me hago las dichosas analíticas aunque solo sea por ver
si la cerveza me sigue sentando tan bien.
Entré a la consulta y le entregué el informe al médico.
Comenzó a pasar las páginas con la grave indiferencia de un notario
cuando de pronto endureció su rostro y clavó sus ojos en los míos;
¿hay algo que acojone más que un médico acojonado?,
quizá la cara de terror de una azafata de avión, poco más.
Yo, incapaz de decir nada, me encogí de hombros,
y él volvió su mirada hacia el informe
mientras apretaba sus labios
y negaba levemente con la cabeza.
Volvió a mirarme y volvió al informe
y así unas cuantas veces más
hasta que saqué el valor para balbucear:
pero… ¿qué pasa?
Y entonces, con voz profunda, me contestó:

¿Su coche, su nevera y su lavadora
gotean líquidos diversos por sus grietas?

Sí.

¿El friegaplatos se le desconectó hace un año?

Sí.

¿La televisión tiene el tamaño de un ipad pero sin ser fino?

Sí.

Los rodapiés de su casa van perdiendo su verticalidad
y la madera del parqué cruje
como si paseara por un bosque de castaños en otoño.

Sí, sí.

A ver..., aquí leo que su móvil es Huawei,
la ducha no le controla el chorro
y la propietaria les amenaza con subir el alquiler.
La patilla derecha de sus gafas se le desprende
al menos dos veces al día
preferiblemente delante de los clientes.
Y qué decir de los manillares de la casa
y el gusto que tienen por quedarse en la mano, ¿verdad?,
mientras ese arrogante trozo de metal laqueado
se le queda mirando con desprecio
como diciéndole: mira lo que has hecho pedazo de bestia.
Veo que se rompieron las patas de la cama y que ahora es un tatami.
Me preocupa lo poco que me duerme y lo mucho que se queja...
¿Qué batallas libra usted cada madrugada?,
¿cuántas veces se asoma al cuarto de sus hijos?,
¿por qué tiene tanto miedo al futuro?,
¿de qué tiene miedo?

¡Ya basta!
¡Maldito sicópata!, ¿usted quién cojones es?,
¿por qué sabe tanto de mi vida?

¡En primer lugar todo esto no lo digo yo, lo dice el informe!,
—y lo arrojó indignado al aire—
y en segundo lugar yo le digo que estos resultados no son vida,
son la penosa consecuencia de la ruina que está acabando con usted.
No me explico cómo la decadencia material y el miedo al futuro
pueden llevarse por delante a un presunto... ¿poeta?: ¡espabile!
y deje de quejarse por la vida que aún le pertenece.

Sin mediar palabra salí de la consulta
y crucé el pasillo con la barbilla bien encajada en el pecho
mientras el médico desde el quicio de su puerta
no paraba de increparme: ¡deje de quejarse poeta de garrafón!
Una vez en la calle corrí hasta el bar de la esquina
y pedí una jarra de cerveza que bebí de trago.
Me sentía profundamente gilipollas
pero en la ciénaga de mi bochorno
rugía esa luz poderosa de quien ha resuelto una conjetura.
Era un gilipollas, ¡pero cada vez menos gilipollas y más feliz!
Y en pleno orgasmo revisionista de mi ser
el estúpido jefe de aquel bar se colocó a mi lado a gruñir
con postura torera, palillo en la boca
vaso de brandy y rodea en el hombro
mientras no apartaba la mirada del televisor.
Que si el camarero no sabía servir una caña,
que si las puertas de cristal nunca cerrarían bien,
que si el barrio era una mierda,
y dirigiéndose a mí me preguntó:
a ver, ingeniero, entonces, ¡¿qué cojones hago?!

No sé si tiene usted remedio, caballero,
pero pruebe a hacerse una analítica aquí enfrente.
¡No!, mejor aún, todos ustedes
(dirigiéndome a la gente que estaba en el bar)
¡háganse una analítica y déjense vivir!

Al salir alcé la mirada al cielo y me acordé de que era primavera
y me entraron unas ganas irrefrenables de saludar al quiosquero,
a la frutera, a los vecinos y a los perrines con los que me cruzaba,
y me sentí protagonista de aquellos versos
que cantaba mi padre por la calle cuando yo era crío
mientras paseábamos —libres— cogidos de la mano,
y yo le sonreía y él me guiñaba el ojo
y la gente nos miraba y éramos felices...

¡Quise volar como vuelan las gaviotas!
y en los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
no vaya a ser que fuera contagioso
tratar de ser feliz de aquella forma.



Kalkbadan
En Madrid a 7 de junio de 2019


Versos de Alberto Cortez, tomados de su tema «Castillos en el aire».
¡Qué bueno Andreas!
Qué gusto meda leerte siempre, cuánto ingenio. Qué bien escribes, Andreas.
Si, a veces hace falta que nos despierten de nuestras quejas para ver las pequeñas cosas que aún nos hacen felices, con cuántas cosas lucharon nuestros padres, pero no parecían tener miedo, solo por nosotros, puede que no tuvieran tiempo de sentirlo. Todo ese miedo a perder nos priva de vivir . Cuando veo a nuestros hermanos palmeros perder sus casas y las de sus abuelos, sus hijos, sus fincas...es como morir, perder todos sus recuerdos, qué baño de realidad, más espantoso. Cuantos de ellos han empezado a morir.
En fin querido Andreas, hay gente que ni se pueden parar a llorar por lo perdido.
Me has hecho pensar, amigo mío.
Un abrazo grande.
Isabel
 
Última edición:
Se diría que vivimos en una jaula de cristal y somos/estamos tan gilipollas que nuestro mayor miedo es que se rompa, cuando probablemente sería la única forma que podría acercarnos realmente a la felicidad. En el fondo lo sabemos, pero nos faltan huevos para pasar de la teoría a la práctica y atrevernos a romper el cristal (nosotros que podemos), y mientras lo pensamos se nos escapa la vida y las oportunidades de "volar"
Muy bueno, querido Andreas. Mis felicitaciones y abrazo amigo.

Efectivamente, mi amigo...

En el fondo lo sabemos, pero nos faltan huevos para pasar de la teoría a la práctica y atrevernos a romper el cristal (nosotros que podemos), y mientras lo pensamos se nos escapa la vida y las oportunidades de "volar"

Gracias por pasar, Luis. Tu lectura y tus comentarios son un regalo.
Un abrazo fuerte.
 
¡Qué bueno Andreas!
Qué gusto meda leerte siempre, cuánto ingenio. Qué bien escribes, Andreas.
Si, a veces hace falta que nos despierten de nuestras quejas para ver las pequeñas cosas que aún nos hacen felices, con cuántas cosas lucharon nuestros padres, pero no parecían tener miedo, solo por nosotros, puede que no tuvieran tiempo de sentirlo. Todo ese miedo a perder nos priva de vivir . Cuando veo a nuestros hermanos palmeros perder sus casas y las de sus abuelos, sus hijos, sus fincas...es como morir, perder todos sus recuerdos, qué baño de realidad, más espantoso. Cuantos de ellos han empezado a morir.
En fin querido Andreas, hay gente que ni se pueden parar a llorar por lo perdido.
Me has hecho pensar, amigo mío.
Un abrazo grande.
Isabel

¡Hola, Isabel! Gracias por tu paso siempre tan generoso.
Tienes razón en que parece que ahora tuviéramos mucho más que perder que en aquellos tiempos, cuando en realidad lo que atrapa actualmente a la mayoría del mundo acomodado es un globo consumista absurdamente sofisticado. Más que poseer nada estamos poseídos, inmersos en este narcótico «mundo feliz». Aquellos hombres, Isabel, al menos tenían sujetas las riendas de su vida, a pesar de sus pesares.
Y lo que comentas de la Palma es precisamente lo que dice Luis acerca del notable patetismo de la queja de quien tiene la oportunidad... Ellos sí lo tienen difícil.
Un abrazo fuerte, amiga. Feliz sábado.
 
LA RUINA Y EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

Hoy fui al centro de salud con los resultados de la analítica.
En mi caso son absurdos estos pinchazos
porque soy un jodido perro autónomo
y ya se sabe que a los perros autónomos
no se les permite ponerse enfermos.
Además, las venas se me asustan y el practicante clava por clavar...
Pero en fin, me hago las dichosas analíticas aunque solo sea por ver
si la cerveza me sigue sentando tan bien.
Entré a la consulta y le entregué el informe al médico.
Comenzó a pasar las páginas con la grave indiferencia de un notario
cuando de pronto endureció su rostro y clavó sus ojos en los míos;
¿hay algo que acojone más que un médico acojonado?,
quizá la cara de terror de una azafata de avión, poco más.
Yo, incapaz de decir nada, me encogí de hombros,
y él volvió su mirada hacia el informe
mientras apretaba sus labios
y negaba levemente con la cabeza.
Volvió a mirarme y volvió al informe
y así unas cuantas veces más
hasta que saqué el valor para balbucear:
pero… ¿qué pasa?
Y entonces, con voz profunda, me contestó:

¿Su coche, su nevera y su lavadora
gotean líquidos diversos por sus grietas?

Sí.

¿El friegaplatos se le desconectó hace un año?

Sí.

¿La televisión tiene el tamaño de un ipad pero sin ser fino?

Sí.

Los rodapiés de su casa van perdiendo su verticalidad
y la madera del parqué cruje
como si paseara por un bosque de castaños en otoño.

Sí, sí.

A ver..., aquí leo que su móvil es Huawei,
la ducha no le controla el chorro
y la propietaria les amenaza con subir el alquiler.
La patilla derecha de sus gafas se le desprende
al menos dos veces al día
preferiblemente delante de los clientes.
Y qué decir de los manillares de la casa
y el gusto que tienen por quedarse en la mano, ¿verdad?,
mientras ese arrogante trozo de metal laqueado
se le queda mirando con desprecio
como diciéndole: mira lo que has hecho pedazo de bestia.
Veo que se rompieron las patas de la cama y que ahora es un tatami.
Me preocupa lo poco que me duerme y lo mucho que se queja...
¿Qué batallas libra usted cada madrugada?,
¿cuántas veces se asoma al cuarto de sus hijos?,
¿por qué tiene tanto miedo al futuro?,
¿de qué tiene miedo?

¡Ya basta!
¡Maldito sicópata!, ¿usted quién cojones es?,
¿por qué sabe tanto de mi vida?

¡En primer lugar todo esto no lo digo yo, lo dice el informe!,
—y lo arrojó indignado al aire—
y en segundo lugar yo le digo que estos resultados no son vida,
son la penosa consecuencia de la ruina que está acabando con usted.
No me explico cómo la decadencia material y el miedo al futuro
pueden llevarse por delante a un presunto... ¿poeta?: ¡espabile!
y deje de quejarse por la vida que aún le pertenece.

Sin mediar palabra salí de la consulta
y crucé el pasillo con la barbilla bien encajada en el pecho
mientras el médico desde el quicio de su puerta
no paraba de increparme: ¡deje de quejarse poeta de garrafón!
Una vez en la calle corrí hasta el bar de la esquina
y pedí una jarra de cerveza que bebí de trago.
Me sentía profundamente gilipollas
pero en la ciénaga de mi bochorno
rugía esa luz poderosa de quien ha resuelto una conjetura.
Era un gilipollas, ¡pero cada vez menos gilipollas y más feliz!
Y en pleno orgasmo revisionista de mi ser
el estúpido jefe de aquel bar se colocó a mi lado a gruñir
con postura torera, palillo en la boca
vaso de brandy y rodea en el hombro
mientras no apartaba la mirada del televisor.
Que si el camarero no sabía servir una caña,
que si las puertas de cristal nunca cerrarían bien,
que si el barrio era una mierda,
y dirigiéndose a mí me preguntó:
a ver, ingeniero, entonces, ¡¿qué cojones hago?!

No sé si tiene usted remedio, caballero,
pero pruebe a hacerse una analítica aquí enfrente.
¡No!, mejor aún, todos ustedes
(dirigiéndome a la gente que estaba en el bar)
¡háganse una analítica y déjense vivir!

Al salir alcé la mirada al cielo y me acordé de que era primavera
y me entraron unas ganas irrefrenables de saludar al quiosquero,
a la frutera, a los vecinos y a los perrines con los que me cruzaba,
y me sentí protagonista de aquellos versos
que cantaba mi padre por la calle cuando yo era crío
mientras paseábamos —libres— cogidos de la mano,
y yo le sonreía y él me guiñaba el ojo
y la gente nos miraba y éramos felices...

¡Quise volar como vuelan las gaviotas!
y en los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
no vaya a ser que fuera contagioso
tratar de ser feliz de aquella forma.



Kalkbadan
En Madrid a 7 de junio de 2019


Versos de Alberto Cortez, tomados de su tema «Castillos en el aire».
Maravilla de historia, casi, casi la mía, considerando que es primavera. Un gran placer leerte.
 
Maravilla de historia, casi, casi la mía, considerando que es primavera. Un gran placer leerte.
¡Hola, Luciana! ¡Eso es! Yo creo que si este poema funciona es precisamente porque tiene algo de universal en su temática.
¿Quién no se instalado en la queja alguna vez hasta rebasar el patetismo?
Un placer tu visita, amiga. Un abrazo.
 

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