F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
¡La rutina diaria!
Cada mañana
Dedicado a mi mujer
Cada mañana
cuando el reloj me invita a despertar
vociferando de forma malvada,
(que parece que grita: ¡Le-ván-ta-te-ya!)
bostezo con fuerza y desgana,
entreabro primero un ojo, el otro pretende guiñar,
y batallo entre mi deber al trabajo
y la escasa voluntad
de mi alma,
que protesta trocar
el calor de la cama
por la frescura ideal
de un nuevo día que abre sus puertas con cárdenas llamas,
de par en par...
¡y que el reloj, bien tozudo, con su timbre-campana
insiste en proclamar...!
Con parsimonia, empiezo a separar las sábanas,
no sin loable esfuerzo. Mas, al fin, al quererme levantar...
reparo... que dormida estás a mi lado callada.
Y aunque es una cosa normal,
no por eso, cuando te veo dormida, cada mañana
de nuevo me vuelvo a asombrar:
porque siento la misma alegría mirando tu cara
que aquel día de otoño mirando el altar.
Percibo tu sombra alargada,
tu leve soplido vital
y te veo, dentro de tu sueño, reposada,
flotar
con esa sonrisa de nácar
que refleja tu hermosura y tu bondad.
A veces, estoy indeciso, en medio de la estancia
temiendo que tu sueño pudiérase quebrar
con mi sola mirada
pero al mismo tiempo, te quiero dejar
en esa frente serena y templada,
como si fuese mi aliento la brisa del mar,
la caricia callada
de un beso que bulle en mis labios por quererte más.
Y con cierta magia,
(porque el amor que me crece por dentro no altere tu paz)
abandono en silencio el calor de la cama,
muy a mi pesar,
y después del aseo, rutina de cada mañana,
me acerco, te miro dormida, pareces soñar
y te digo, callado: -¡Adiós, hasta luego!, con toda mi alma...
sin más.
vociferando de forma malvada,
(que parece que grita: ¡Le-ván-ta-te-ya!)
bostezo con fuerza y desgana,
entreabro primero un ojo, el otro pretende guiñar,
y batallo entre mi deber al trabajo
y la escasa voluntad
de mi alma,
que protesta trocar
el calor de la cama
por la frescura ideal
de un nuevo día que abre sus puertas con cárdenas llamas,
de par en par...
¡y que el reloj, bien tozudo, con su timbre-campana
insiste en proclamar...!
Con parsimonia, empiezo a separar las sábanas,
no sin loable esfuerzo. Mas, al fin, al quererme levantar...
reparo... que dormida estás a mi lado callada.
Y aunque es una cosa normal,
no por eso, cuando te veo dormida, cada mañana
de nuevo me vuelvo a asombrar:
porque siento la misma alegría mirando tu cara
que aquel día de otoño mirando el altar.
Percibo tu sombra alargada,
tu leve soplido vital
y te veo, dentro de tu sueño, reposada,
flotar
con esa sonrisa de nácar
que refleja tu hermosura y tu bondad.
A veces, estoy indeciso, en medio de la estancia
temiendo que tu sueño pudiérase quebrar
con mi sola mirada
pero al mismo tiempo, te quiero dejar
en esa frente serena y templada,
como si fuese mi aliento la brisa del mar,
la caricia callada
de un beso que bulle en mis labios por quererte más.
Y con cierta magia,
(porque el amor que me crece por dentro no altere tu paz)
abandono en silencio el calor de la cama,
muy a mi pesar,
y después del aseo, rutina de cada mañana,
me acerco, te miro dormida, pareces soñar
y te digo, callado: -¡Adiós, hasta luego!, con toda mi alma...
sin más.
Última edición: