Asklepios
Incinerando envidias
II
Esa su sabiduría fue nacida tras el
exquisito susurro de su acostumbrada
ingravidez, siempre, a espaldas del
Sol, donde no hay lugar para mentiras.
Saben de ello las grietas donde, tras el pasar
de milenios y algunos días, fueron ubicándose
del frío, su sabor; del agua, su dureza; del aire,
la eternidad de sus rumbos; de las sombras, el secreto
de sus lentitudes y de los días, ciertas partes de su luz.
III
Gran parte de sus conocimientos,
tras la construcción de la realidad,
determinaron que debían descansar
sobre un lecho de
silencio incrustado en el suburbio
de la calma.
IV
Allí, más que al vacío,
siempre será obligado temer a su ausencia.
Es el vacío nada acallada; la
ausencia es suplicado regreso. Y no
habitan en el vacío palabras que lloren
su ausencia pero sí en la ausencia,
palabras que lloren por ella.
Aunque éstas sean palabras vacías.
Más, todo esto, a los duendes,
ni les sirve de nada y tampoco les importa en
absoluto.
Esa su sabiduría fue nacida tras el
exquisito susurro de su acostumbrada
ingravidez, siempre, a espaldas del
Sol, donde no hay lugar para mentiras.
Saben de ello las grietas donde, tras el pasar
de milenios y algunos días, fueron ubicándose
del frío, su sabor; del agua, su dureza; del aire,
la eternidad de sus rumbos; de las sombras, el secreto
de sus lentitudes y de los días, ciertas partes de su luz.
III
Gran parte de sus conocimientos,
tras la construcción de la realidad,
determinaron que debían descansar
sobre un lecho de
silencio incrustado en el suburbio
de la calma.
IV
Allí, más que al vacío,
siempre será obligado temer a su ausencia.
Es el vacío nada acallada; la
ausencia es suplicado regreso. Y no
habitan en el vacío palabras que lloren
su ausencia pero sí en la ausencia,
palabras que lloren por ella.
Aunque éstas sean palabras vacías.
Más, todo esto, a los duendes,
ni les sirve de nada y tampoco les importa en
absoluto.