Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
A la pobre silla de la abuela se le ha roto
una pata, no puede caminar.
Por la ventana se cuela una bocanada
de luna partida a la mitad
y en el piso se cuaja un charco de leche,
con la pierna de madera a un lado
como si desangrase en ligeras notas de plata.
La silla nunca supo que la abuela murió
hace casi treinta años. Tampoco la abuela.
La dejó en la orfandad de un rincón,
con su cojinete de raso henchido de plumas,
y ya nunca quiso salir.
¡Es tan peligroso el aire frio,
el aceite hirviendo del sol!
Se quedó soltando suspiros de serrín,
y un leve crujido de ausencia alguna vez.
Pero la abuela nunca volvió,
aunque siempre lo quiso, y quizás aún.
Ellos le dijeron que le cortarían el pie
porque la gangrena se lo estaba comiendo.
A la gangrena y a la abuela
les gustaba el azúcar mascabado.
No, dijo ella, yo quiero irme a mi casa.
Quiero hacer un mole de pavo
para mis hijos, y sentarme en mi silla
y ver comer a mis nietos.
¿Pero, quién hace caso de los ancianos?
La abuela no dejó que le amputaran nada.
Apagó dignamente sus ojos con una lágrima
y deshabitó su ser una mañana de mayo.
A veces la abuela creía que su silla de abeto
era un perro galgo, y la miraba feliz
correr por el monte.
Nunca nadie volvió a escuchar a la silla
dar tal ladridos de libertad.
una pata, no puede caminar.
Por la ventana se cuela una bocanada
de luna partida a la mitad
y en el piso se cuaja un charco de leche,
con la pierna de madera a un lado
como si desangrase en ligeras notas de plata.
La silla nunca supo que la abuela murió
hace casi treinta años. Tampoco la abuela.
La dejó en la orfandad de un rincón,
con su cojinete de raso henchido de plumas,
y ya nunca quiso salir.
¡Es tan peligroso el aire frio,
el aceite hirviendo del sol!
Se quedó soltando suspiros de serrín,
y un leve crujido de ausencia alguna vez.
Pero la abuela nunca volvió,
aunque siempre lo quiso, y quizás aún.
Ellos le dijeron que le cortarían el pie
porque la gangrena se lo estaba comiendo.
A la gangrena y a la abuela
les gustaba el azúcar mascabado.
No, dijo ella, yo quiero irme a mi casa.
Quiero hacer un mole de pavo
para mis hijos, y sentarme en mi silla
y ver comer a mis nietos.
¿Pero, quién hace caso de los ancianos?
La abuela no dejó que le amputaran nada.
Apagó dignamente sus ojos con una lágrima
y deshabitó su ser una mañana de mayo.
A veces la abuela creía que su silla de abeto
era un perro galgo, y la miraba feliz
correr por el monte.
Nunca nadie volvió a escuchar a la silla
dar tal ladridos de libertad.
13 de febrero de 2023
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