La soledad no está sola

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
La soledad, dicen, es una mesa puesta para uno, con un mantel que se arruga como si tuviera memoria de otras manos.
Pero no está sola; trae a su amiga inseparable, la sospecha.
Esa que se sienta frente a ti, con los codos en la mesa y una sonrisa torcida, como si supiera un secreto que jamás vas a querer escuchar.

A veces la soledad se acompaña de un espejo que devuelve una imagen ligeramente torcida, como si alguien —quizá vos mismo— la hubiera dejado caer hace años y se hubiera roto por dentro.
Ahí está ella, fumando sin prisa, acomodando tus silencios para que encajen con sus horarios.
Te mira como se mira a un cuadro que nunca fue tuyo, pero cuelga en tu casa desde que llegaste.

Y entonces entendés: la soledad no es ausencia, es sociedad anónima.
Tiene junta directiva con miembros permanentes: la nostalgia, la costumbre, y esa voz que te recuerda lo que hiciste mal con un tono amable, casi maternal.
No es cruel.
O sí, pero con ternura.

En el fondo, es una anfitriona impecable: te sirve el café a la temperatura exacta, te deja la luz encendida cuando dormís y te canta bajito para que no olvides que está ahí.
Siempre ahí.
Como una amante que no pediste, pero que sabe exactamente dónde guardás las llaves de casa.

 
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