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Christian
A Rosana
Aunque la tarde caiga, o se levante, pesada como el sueño,
y me ocupe de mi mismo en esta soledad infundada,
no hay remedio para el caos absoluto y necesario
que proponen tus ausencias relativamente innecesarias.
Porque
sin hacer abuso de la suerte
fuimos accediendo toscamente al desatino
de encontrarnos a nosotros sin nosotros,
de sabernos sólo uno entre el humo de los autos,
a través de las vidrieras, a pesar de las multitudes,
por sobre las multitudinarias soledades.
En ese instante
en que la tarde cae, o se levanta,
abuso plenamente de la suerte de tenerte,
ausente, como un muerto que vive en las entrañas,
conmigo, como una mano o una pierna,
tan cierta, como que son dos los ojos que te esperan,
y ninguno, los que miran al besarte.
Yo soy militante de ese estupor que deja ciego
y que alisa superficies,
que endurece los huesos
y que por suerte acostumbra.
Y vamos a decir de una buena vez
que la tarde no cae,
la tarde se levanta.
Porque yo no estoy hablando de ausencias.
Yo digo que no hay remedio para no tenerte.
Que somos nosotros y somos uno.
Que somos dos sujetos
con la subjetividad a flor de piel,
y que estamos
objetivamente sujetos a uno mismo
y que uno, dos o nosotros
se levantan de igual forma.
Aunque la tarde caiga, o se levante, pesada como el sueño,
y me ocupe de mi mismo en esta soledad infundada,
no hay remedio para el caos absoluto y necesario
que proponen tus ausencias relativamente innecesarias.
Porque
sin hacer abuso de la suerte
fuimos accediendo toscamente al desatino
de encontrarnos a nosotros sin nosotros,
de sabernos sólo uno entre el humo de los autos,
a través de las vidrieras, a pesar de las multitudes,
por sobre las multitudinarias soledades.
En ese instante
en que la tarde cae, o se levanta,
abuso plenamente de la suerte de tenerte,
ausente, como un muerto que vive en las entrañas,
conmigo, como una mano o una pierna,
tan cierta, como que son dos los ojos que te esperan,
y ninguno, los que miran al besarte.
Yo soy militante de ese estupor que deja ciego
y que alisa superficies,
que endurece los huesos
y que por suerte acostumbra.
Y vamos a decir de una buena vez
que la tarde no cae,
la tarde se levanta.
Porque yo no estoy hablando de ausencias.
Yo digo que no hay remedio para no tenerte.
Que somos nosotros y somos uno.
Que somos dos sujetos
con la subjetividad a flor de piel,
y que estamos
objetivamente sujetos a uno mismo
y que uno, dos o nosotros
se levantan de igual forma.