En la inmensidad del piélago fantasmal,tu y yo nos amábamos fervorosos como ningún dios del apocalipsis lo había hecho en una pendular eternidad de vaporosa radiación nocturna.Pero,desde el momento en que decidiste hincar tu mejilla de escarlatina en el ataúd difunto de tus desvelos más agrios y amargos,mi corazón de negro mausoleo ya no se dignó a corresponderte con sinceridad y clara benevolencia.Habías traicionado lo más puro que ostentaba mi esencia inmortal.Y por ello,deberías pagarlo con creces con una tristeza melancólica que acabase con tu cuerpo decrépito en la fosa común de los desheredados y de los olvidados;en una helicoidal danza macabra que hiciese jirones de sangre tu corazón;llameando en ecos lastimosos que se difuminarían en un pétreo firmamento de gris ceniza.Aún así,lo que quedaba de tus fragmentos incoloros de tu substancia pecaminosa,se resistía a dejar vacío este amor que tan pletórico había llenado como una mesiánica ánfora.Pero yo,orgulloso y pendenciero,te empujé violentamente al gélido vacío del siniestro silencio mudo,donde llorarías sin piedad,con lágrimas de sangre que acabarían por fundir tu vida ya rematada por la puñalada trapera que,ojo por ojo,te había devuelto por vil traición.