carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
«La literatura que no es subversiva no vale la pena. Si no quieres cambiar algo, escribir es inútil... Me gusta mucho la literatura sin concesiones y escribir contra las ideas establecidas. Quiero escribir algo nuevo, lo que yo siento en mi cuerpo, aunque sea terrible o chocante»: María Darrieussecq
Para escribir del mismo modo que los héroes
en que creo, con la prudencia loca del eje
(que es la Estrella del Amanecer)
yo giro y me veo y me deseo
con sátiros de estirpe, con eróticas en danza,
con niñas en los submundos,
con luces de Dilbah, por los soles de Zib.
¡Ah, qué importa lo retrógrado!
Voy a la monstruosidad de la unidad orgánica
que forma lo contínuo y su negación
de puntualidad, número incontable de momentos
y reposos sin fin —discontinuidad!
Para escribir como una flecha
en movimiento verdadero y que, contrario a Zenón,
no levante en candor una aporía
por el conjunto de momentos de reposo
ni para que mi flecha se quede en permanencia sucesiva
de puntos congelados de mi gozo,
yo me dejo tragar, que me coman los sesos
aquellos que se devoran a los dioses
—Tierra y Cielo— y descanso en la molicie misteriosa
antes de expresarme en lógica de conceptos.
Antes de ser Atena, mi corazón es Metis,
texto amorfo, bocado en la infinitud cósmica,
idea de una materia inagotable
en ese estómago que es núcleo,
sin ojos orbitantes, sin ninfas con pupilas,
sin fontanas eternas en el tiempo
que protejan a sus encinas o a sus álamos.
Que mis palabras sean
como guerreras montaraces y furiosas.
2.
Hubo unos hombres —yo no sé si salvajes—
para quien el infinito trajo asombros a sus ojos
y la representación concreta-sublime
dichosa fue en sus manos
y unas mujeres que se llamaron vírgenes
(porque a nadie, sino a ellas mismas
festejaron con danzas)
hubo, por igual, aquellas hembras
que se dieron a revelar lo que dicen
las fuentes y las grutas y el árbol.
En estos héroes creo
y con las niñas de estos ríos
voy y escribo amor y canto.
Hubo pueblos con el ojo desnudo,
atentos a soles, a eclipses, a cielos lejanos
y, en correrías de éxtasis, por tanto mirar
los gestos de las aguas profundas
y de los firmamentos, a flor de sus miradas,
se dijeron sagrados, divinos, intocables.
Merope fue una de las siete Pléyades
y se escondió por vergüenza de hallar varón
entre mortales... hembras, hubo, por igual,
que equivalían a sexo y a pasión sagrada
y su amor fue el conocimiento
de cosechas en vida vegetal,
animalidad manifiesta,
secretos telúricos
y todo lo que fueron, o lo que soñaron
para irlo siendo, está en el candor
de sus versos y sus confesiones.
En la mitopoesía de su quehacer
y de sus héroes, creo
porque narran las historias de sus lunas
o sus más amadas estrellas y planetas
y me cuentan sobre cuerpos celestes que cayeron
en las aguas, partiéndose en islas
o trocándose en ninfas al desnudo
o en árboles o piedras que otrora,
como hoy, en discontínua magia de palabras,
también serán mis dioses y mis ángeles.
3.
Para escribir poemas que expliquen
la naturaleza del deseo
o esta correlación de Sol y Luna
que tenemos dentro y que, en balde, negamos,
la emoción nerviosa fabrica la mujer sutil,
la anciana bruja, la sabia caprichosa,
o la razón que se afirma, varonilmente,
para que la flecha del ser sea movimiento
y unidad de la continuidad espacio-temporal,
lo más tangible, real y plenamente humano...
La esencia es la unidad de los contrarios
y una contradicción doliente,
un desafío de síntesis.
Por eso: ¿qué es mi relato sino la voz
más pobre que las ratas? ... divisibilidad infinita
que nunca se culmina, lo que sigue añejo
como el cuento de la liebre y la tortuga.
4.
Me veo y me deseo
en aquellos hombres simples, filosóficos,
sinceros, mansos, tiernos, huraños,
mendicantes, que la verdad la sacaban
del silencio, del comer el pan
muy lentamente, a solas,
y que miraban en santidad
a todo lo que existe...
¡Ah, quién fuera observador,
inductivo-deductivo como ellos!
y se diera a pintar, en gratitud,
como el hombre cavernario
la imagen de su dicha y su sobrevivencia
porque imágenes llenaron de colores
lo profundo del iris y había que decir
gracias... fuego, espectro de luz,
resolana, penumbra, alcoris...
¿Quién es hoy, como ellos, que imitan
el camuflaje de todo lo que observan
y trazan formas con colores que sobran
a sus dedos y con pigmentos de semillas
y húmedas arcillas recogen la memoria
de su gozo, antes y después del trozo de carne
robado a los ciervos, o al bisonte, en la caza,
y dan gracias a la bestia que domaron
y al brujo que bendice al cazador
y al espíritu de toda sangre derramada?
5.
Por eso, mi canto todavía es una flecha,
la que aún sangra, la que aún no sabe el por qué,
la que aún va a los pioneros que escucharon
bramidos, en pánico, en dolor...
Es muy fácil escribir desde carteles
e ingerir libros de repeticiones
y graduarse de cómodas escuelas
bajo el dictum de autoridades
y dogmas y acomodos...
Me veo y me deseo
en la flecha que dispara movimiento
ya que el ruido se domó
y el lirismo es sonoro, música, bolero.
El llanto es más sublime todavía
y el grito de terror, por igual, libera
y el movimiento —danza
y el lenguaje es dialéctica y síntaxis.
6.
Hoy para el texto sobran los símbolos,
la noción posicional de numerales,
la predicción y la coherencia...
¿pero quién hay que prediga los eclipses,
con el hábito de un corazón que mira al cielo?
Heráclito nos dijo que el cambio
es la esencia de todo lo que existe
y la muerte consuela: Pármenides discute
que los cambios son puramente ilusorios.
Los muertos invocan porvenir —con misas y poemas.
Se imaginan los regresos al lugar de sus placeres,
se aferran a la belleza, a pesar de las cuitas,
vivir es bello, porque vivir es pensar
y el dolor, antes de la agonía, madura y solve.
Hasta la abstracta providencia de la nada
tiene símbolo —el cero—
el indochino nos inventó el acomodo
y el indio maya también supo del astro
y de los cálculos y el inca del quipú y el ábaco...
7.
Me veo y me deseo
en los consuelos de estos viejos de ayer
que saben calcular a dónde vamos,
que no tienen infiernos atormentadores
ni destinos de condena.
Escriben su flecha en lo más dulce del seno
de la tierra: sus aguas, cambiantes y vivas,
y aún la sangre de las estrellas
es el agua —dijo Tales de Mileto,
y el apeirón es éter;
pero la vida se origina
en los mares... en estos héroes creo.
Y con las niñas de estos ríos
yo voy y escribo amor y canto.
11-9-97 / De «El hombre extendido »
Para escribir del mismo modo que los héroes
en que creo, con la prudencia loca del eje
(que es la Estrella del Amanecer)
yo giro y me veo y me deseo
con sátiros de estirpe, con eróticas en danza,
con niñas en los submundos,
con luces de Dilbah, por los soles de Zib.
¡Ah, qué importa lo retrógrado!
Voy a la monstruosidad de la unidad orgánica
que forma lo contínuo y su negación
de puntualidad, número incontable de momentos
y reposos sin fin —discontinuidad!
Para escribir como una flecha
en movimiento verdadero y que, contrario a Zenón,
no levante en candor una aporía
por el conjunto de momentos de reposo
ni para que mi flecha se quede en permanencia sucesiva
de puntos congelados de mi gozo,
yo me dejo tragar, que me coman los sesos
aquellos que se devoran a los dioses
—Tierra y Cielo— y descanso en la molicie misteriosa
antes de expresarme en lógica de conceptos.
Antes de ser Atena, mi corazón es Metis,
texto amorfo, bocado en la infinitud cósmica,
idea de una materia inagotable
en ese estómago que es núcleo,
sin ojos orbitantes, sin ninfas con pupilas,
sin fontanas eternas en el tiempo
que protejan a sus encinas o a sus álamos.
Que mis palabras sean
como guerreras montaraces y furiosas.
2.
Hubo unos hombres —yo no sé si salvajes—
para quien el infinito trajo asombros a sus ojos
y la representación concreta-sublime
dichosa fue en sus manos
y unas mujeres que se llamaron vírgenes
(porque a nadie, sino a ellas mismas
festejaron con danzas)
hubo, por igual, aquellas hembras
que se dieron a revelar lo que dicen
las fuentes y las grutas y el árbol.
En estos héroes creo
y con las niñas de estos ríos
voy y escribo amor y canto.
Hubo pueblos con el ojo desnudo,
atentos a soles, a eclipses, a cielos lejanos
y, en correrías de éxtasis, por tanto mirar
los gestos de las aguas profundas
y de los firmamentos, a flor de sus miradas,
se dijeron sagrados, divinos, intocables.
Merope fue una de las siete Pléyades
y se escondió por vergüenza de hallar varón
entre mortales... hembras, hubo, por igual,
que equivalían a sexo y a pasión sagrada
y su amor fue el conocimiento
de cosechas en vida vegetal,
animalidad manifiesta,
secretos telúricos
y todo lo que fueron, o lo que soñaron
para irlo siendo, está en el candor
de sus versos y sus confesiones.
En la mitopoesía de su quehacer
y de sus héroes, creo
porque narran las historias de sus lunas
o sus más amadas estrellas y planetas
y me cuentan sobre cuerpos celestes que cayeron
en las aguas, partiéndose en islas
o trocándose en ninfas al desnudo
o en árboles o piedras que otrora,
como hoy, en discontínua magia de palabras,
también serán mis dioses y mis ángeles.
3.
Para escribir poemas que expliquen
la naturaleza del deseo
o esta correlación de Sol y Luna
que tenemos dentro y que, en balde, negamos,
la emoción nerviosa fabrica la mujer sutil,
la anciana bruja, la sabia caprichosa,
o la razón que se afirma, varonilmente,
para que la flecha del ser sea movimiento
y unidad de la continuidad espacio-temporal,
lo más tangible, real y plenamente humano...
La esencia es la unidad de los contrarios
y una contradicción doliente,
un desafío de síntesis.
Por eso: ¿qué es mi relato sino la voz
más pobre que las ratas? ... divisibilidad infinita
que nunca se culmina, lo que sigue añejo
como el cuento de la liebre y la tortuga.
4.
Me veo y me deseo
en aquellos hombres simples, filosóficos,
sinceros, mansos, tiernos, huraños,
mendicantes, que la verdad la sacaban
del silencio, del comer el pan
muy lentamente, a solas,
y que miraban en santidad
a todo lo que existe...
¡Ah, quién fuera observador,
inductivo-deductivo como ellos!
y se diera a pintar, en gratitud,
como el hombre cavernario
la imagen de su dicha y su sobrevivencia
porque imágenes llenaron de colores
lo profundo del iris y había que decir
gracias... fuego, espectro de luz,
resolana, penumbra, alcoris...
¿Quién es hoy, como ellos, que imitan
el camuflaje de todo lo que observan
y trazan formas con colores que sobran
a sus dedos y con pigmentos de semillas
y húmedas arcillas recogen la memoria
de su gozo, antes y después del trozo de carne
robado a los ciervos, o al bisonte, en la caza,
y dan gracias a la bestia que domaron
y al brujo que bendice al cazador
y al espíritu de toda sangre derramada?
5.
Por eso, mi canto todavía es una flecha,
la que aún sangra, la que aún no sabe el por qué,
la que aún va a los pioneros que escucharon
bramidos, en pánico, en dolor...
Es muy fácil escribir desde carteles
e ingerir libros de repeticiones
y graduarse de cómodas escuelas
bajo el dictum de autoridades
y dogmas y acomodos...
Me veo y me deseo
en la flecha que dispara movimiento
ya que el ruido se domó
y el lirismo es sonoro, música, bolero.
El llanto es más sublime todavía
y el grito de terror, por igual, libera
y el movimiento —danza
y el lenguaje es dialéctica y síntaxis.
6.
Hoy para el texto sobran los símbolos,
la noción posicional de numerales,
la predicción y la coherencia...
¿pero quién hay que prediga los eclipses,
con el hábito de un corazón que mira al cielo?
Heráclito nos dijo que el cambio
es la esencia de todo lo que existe
y la muerte consuela: Pármenides discute
que los cambios son puramente ilusorios.
Los muertos invocan porvenir —con misas y poemas.
Se imaginan los regresos al lugar de sus placeres,
se aferran a la belleza, a pesar de las cuitas,
vivir es bello, porque vivir es pensar
y el dolor, antes de la agonía, madura y solve.
Hasta la abstracta providencia de la nada
tiene símbolo —el cero—
el indochino nos inventó el acomodo
y el indio maya también supo del astro
y de los cálculos y el inca del quipú y el ábaco...
7.
Me veo y me deseo
en los consuelos de estos viejos de ayer
que saben calcular a dónde vamos,
que no tienen infiernos atormentadores
ni destinos de condena.
Escriben su flecha en lo más dulce del seno
de la tierra: sus aguas, cambiantes y vivas,
y aún la sangre de las estrellas
es el agua —dijo Tales de Mileto,
y el apeirón es éter;
pero la vida se origina
en los mares... en estos héroes creo.
Y con las niñas de estos ríos
yo voy y escribo amor y canto.
11-9-97 / De «El hombre extendido »