Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
La vieja dama, cargada de abalorios,
y embadurnada de tosco maquillaje,
pretendia disfrazar el testimonio,
de los años que inflaban su bagaje.
Viuda de guerra, en tiempo ya pretérito,
llevaba una existencia muy austera,
de su piedad, hacía gala y mérito,
y de su soledad hacía bandera.
En la pared de su salón, colgado,
el gran retrato ecuestre presidía,
frente al espejo, de estilo victoriano,
del cónyuge, que sirvió en caballería.
Su imagen el espejo devolvía,
si sabía situarse con destreza,
junto a la del miltar y, parecía,
que de nuevo, resucitase la pareja.
Entre misales, misas y oraciones
y en el café, vespertinas veladas,
buscaba de su vida las razones,
o, al menos, consuelo para el alma.
Idénticos días que parecen
remedo de tediosa letanía,
ayer, igual que hoy y que
mañana ¡Triste monotonía!
y embadurnada de tosco maquillaje,
pretendia disfrazar el testimonio,
de los años que inflaban su bagaje.
Viuda de guerra, en tiempo ya pretérito,
llevaba una existencia muy austera,
de su piedad, hacía gala y mérito,
y de su soledad hacía bandera.
En la pared de su salón, colgado,
el gran retrato ecuestre presidía,
frente al espejo, de estilo victoriano,
del cónyuge, que sirvió en caballería.
Su imagen el espejo devolvía,
si sabía situarse con destreza,
junto a la del miltar y, parecía,
que de nuevo, resucitase la pareja.
Entre misales, misas y oraciones
y en el café, vespertinas veladas,
buscaba de su vida las razones,
o, al menos, consuelo para el alma.
Idénticos días que parecen
remedo de tediosa letanía,
ayer, igual que hoy y que
mañana ¡Triste monotonía!