Selene
Poeta recién llegado
“La vida no es justa”, nos repetimos una y otra vez, en un intento desesperado de justificar el sufrimiento que nos rodea. Culpamos a la vida, cuando los que no somos justos somos nosotros. Pero al fin y al cabo, ¿quién puede ser justo cuando ha sufrido tanto y tiene el corazón envuelto en cicatrices, vendas y salpicaduras de sangre de heridas recientes? Heridas que nos ha infligido la vida.
“Eres fuerte”, nos han dicho cientos de veces cuando, a pesar de cada golpe y cada derrota, nos han visto levantarnos de nuevo y seguir peleando, aún magullados. Somos fuertes, en gran parte, porque la vida nos ha obligado a ello. No hemos elegido ser fuertes, solo hemos elegido sobrevivir. ¿Pero cómo hacerlo si nuestra vida es una constante repetición de injusticias, caídas y decepciones? Hemos tenido que ser fuertes. Esa fuerza nos ha mantenido con vida. Y sin embargo, esa fuerza que nos mantiene con vida tiene su origen en la más profunda tristeza y desesperanza.
“Confía en mí”, hemos oído de cientos de labios amigos. Y sin embargo siempre que hemos confiado hemos acabado en soledad lamiéndonos nuevas heridas. No podemos confiar, ni somos dignos de confianza, pues aún sin saberlo nosotros también hemos infligido heridas en otros corazones y hemos desgarrado otras almas.
¿Cómo podemos ser justos tras sufrir la injusticia? ¿Cómo podemos ser fuertes ante la pena sin habernos sumido antes en la más profunda tristeza? ¿Cómo podríamos confiar cuando sabemos que ni siquiera nosotros estamos libres de pecado?
“Eres fuerte”, nos han dicho cientos de veces cuando, a pesar de cada golpe y cada derrota, nos han visto levantarnos de nuevo y seguir peleando, aún magullados. Somos fuertes, en gran parte, porque la vida nos ha obligado a ello. No hemos elegido ser fuertes, solo hemos elegido sobrevivir. ¿Pero cómo hacerlo si nuestra vida es una constante repetición de injusticias, caídas y decepciones? Hemos tenido que ser fuertes. Esa fuerza nos ha mantenido con vida. Y sin embargo, esa fuerza que nos mantiene con vida tiene su origen en la más profunda tristeza y desesperanza.
“Confía en mí”, hemos oído de cientos de labios amigos. Y sin embargo siempre que hemos confiado hemos acabado en soledad lamiéndonos nuevas heridas. No podemos confiar, ni somos dignos de confianza, pues aún sin saberlo nosotros también hemos infligido heridas en otros corazones y hemos desgarrado otras almas.
¿Cómo podemos ser justos tras sufrir la injusticia? ¿Cómo podemos ser fuertes ante la pena sin habernos sumido antes en la más profunda tristeza? ¿Cómo podríamos confiar cuando sabemos que ni siquiera nosotros estamos libres de pecado?