En la gaseada alma de aquel joven fratricida había mucho alquitrán y gasolina para inflamarla con el fuego perecedero de una vil cerilla.Que decoroso sería verla arder para a continuación explotar en miríadas de enanos corpúsculos,etéricos fragmentos de un blasfemo ser que en vida se había dedicado a la más aberrante crápula y demás vicios insondables.Pero mi mano temblaba de temor obtuso ante la atenta mirada de soslayo de aquella criatura enemistada de por vida con la esencia infinita de Dios.Una noche plomiza medité largo y tendido,mientras la hilaridad más cruel se abría como una flor ponzoñosa para irradiarme la idea más perfecta.Ni más ni menos que aprovechar su sueño pecaminoso en su alcoba de olor fétido,para ponerle una mordaza bien apretada en aquella boca mugrienta de dientes podridos.Así lo hice,y el muy hereje se despertó consternado,pataleando de desesperación.Le puse la almohada en la cabeza para asfixiarlo y así terminar con sus infernales noches de vil parásito,odioso a los ojos incólumes del benigno Señor.