La voluntad como tema de risa

Faustgalen

Poeta recién llegado
Hay días que pasan desde la misma perspectiva que un reloj de cuerda con su infinito sonsonete gastado de tic tac, contemplando el acontecer del vulgo, con variaciones casi imperceptibles, dedicando diez horas seguidas a la lectura, once para el ocio y tres para dormir. Descubrí parte del tratamiento a mis dos hernias de discos lumbares gracias al ocio, estoy de acuerdo con el dolor del alma, la purificación y esa clase de hobbies , pero el dolor de columna es, vamos, una cosa seria, el acto de permanecer sentado sobreanalizando libros místicos acerca de la muerte, de la misma forma que una estatua… ¡vaya que puede resultar contraproducente para la salud de uno! y así, pasan los días, asintiendo con la cabeza pero negando con el alma, con un odio maligno hacia el dinero, por eso, y solo en ocasiones —cuando me conviene, es decir: cuando siento que se me agotan los pretextos— retiro ingentes cantidades de dinero de los cajeros automáticos, sin ningún tipo de necesidad: solo por vanidad y superfluos vicios, con el único subterfugio de matar el tiempo y para secar el repugnante sudor que hiede desde mis entrañas, parando los taxis y viendo los cables de luz y riendo como un loco desalmado cuando veo las pequeñas puertas ocultas de una ciudad corrompida, pero enaltecida por los malditos que la habitan, pequeñas puertas que ocultan prostíbulos. Los hombres saben a qué me refiero.

Cuando recuerdo que se me acaba la vida de tanto ver los calendarios y el sinsentido de las ingenuas pretensiones de erudición y éxito por parte de mis colegas mozalbetes, por la necesidad imperiosa de iniciar un postgrado a cualquier coste, tales me producen una sensación de absoluto distanciamiento y de continuo suspenso, un suspenso que evoca épocas de la secundaria días antes de rendir uno de esos exámenes mediocres, donde la idea fundamental consistía en aprobarlos y poco en aprender algo. Así se vive hoy en día: entre el suspenso –solo eso–, el día de los pagos y de pequeños momentos de alegría.

Recuerdo claramente la cara de desprecio de mi gastroenterólogo al acudir a la segunda visita para entrega de exámenes, si no fuera por el hecho de que soslayó la pequeña parte de que le resultaría atrevido cobrar por sus conocimientos a un colega me hubiera estrechado sus manos con más optimismo al despedirme de él, la tercera visita seguro no me aguanta, creo que le evitaré esa innoble molestia, lo cual me asalta un escrúpulo: ¿cuánto vale el alma de las personas, es acaso uno el tiempo?, hubiera preferido pagarle por su servicio y evitar esta clase de sandeces. La visita de un amigo eclipsó parte de estos odiosos argumentos, ahora me encuentro con la idea de elaborar un plan maestro para intentar sopesar parte de las peripecias que conlleva terminar un juego de video que trata sobre vivir constantemente perseguido y esquivando balas, mañana estaré, claro, bien peinado atendiendo pacientes y al siguiente día, después de veinticinco horas sin dormir, estudiando la montaña de libros que han quedado pendientes, le he dicho a mi esposa cientos de veces que no los toque, que están ordenados de tal forma que solo yo entiendo porqué están así, pero ella no, nunca me entendió, nunca entendió el lenguaje de los libros. Siempre los encuentro bien ordenados en la biblioteca, desde los más gordos y pesados hasta los pequeños apuntes en servilletas.

Una de las peores cosas que pueden suceder consiste en que se me termine el dentífrico, eso sí sería mortal.


http://diariodeunmediconihilista.blogspot.com/
 
Hay días que pasan desde la misma perspectiva que un reloj de cuerda con su infinito sonsonete gastado de tic tac, contemplando el acontecer del vulgo, con variaciones casi imperceptibles, dedicando diez horas seguidas a la lectura, once para el ocio y tres para dormir. Descubrí parte del tratamiento a mis dos hernias de discos lumbares gracias al ocio, estoy de acuerdo con el dolor del alma, la purificación y esa clase de hobbies , pero el dolor de columna es, vamos, una cosa seria, el acto de permanecer sentado sobreanalizando libros místicos acerca de la muerte, de la misma forma que una estatua… ¡vaya que puede resultar contraproducente para la salud de uno! y así, pasan los días, asintiendo con la cabeza pero negando con el alma, con un odio maligno hacia el dinero, por eso, y solo en ocasiones —cuando me conviene, es decir: cuando siento que se me agotan los pretextos— retiro ingentes cantidades de dinero de los cajeros automáticos, sin ningún tipo de necesidad: solo por vanidad y superfluos vicios, con el único subterfugio de matar el tiempo y para secar el repugnante sudor que hiede desde mis entrañas, parando los taxis y viendo los cables de luz y riendo como un loco desalmado cuando veo las pequeñas puertas ocultas de una ciudad corrompida, pero enaltecida por los malditos que la habitan, pequeñas puertas que ocultan prostíbulos. Los hombres saben a qué me refiero.

Cuando recuerdo que se me acaba la vida de tanto ver los calendarios y el sinsentido de las ingenuas pretensiones de erudición y éxito por parte de mis colegas mozalbetes, por la necesidad imperiosa de iniciar un postgrado a cualquier coste, tales me producen una sensación de absoluto distanciamiento y de continuo suspenso, un suspenso que evoca épocas de la secundaria días antes de rendir uno de esos exámenes mediocres, donde la idea fundamental consistía en aprobarlos y poco en aprender algo. Así se vive hoy en día: entre el suspenso –solo eso–, el día de los pagos y de pequeños momentos de alegría.

Recuerdo claramente la cara de desprecio de mi gastroenterólogo al acudir a la segunda visita para entrega de exámenes, si no fuera por el hecho de que soslayó la pequeña parte de que le resultaría atrevido cobrar por sus conocimientos a un colega me hubiera estrechado sus manos con más optimismo al despedirme de él, la tercera visita seguro no me aguanta, creo que le evitaré esa innoble molestia, lo cual me asalta un escrúpulo: ¿cuánto vale el alma de las personas, es acaso uno el tiempo?, hubiera preferido pagarle por su servicio y evitar esta clase de sandeces. La visita de un amigo eclipsó parte de estos odiosos argumentos, ahora me encuentro con la idea de elaborar un plan maestro para intentar sopesar parte de las peripecias que conlleva terminar un juego de video que trata sobre vivir constantemente perseguido y esquivando balas, mañana estaré, claro, bien peinado atendiendo pacientes y al siguiente día, después de veinticinco horas sin dormir, estudiando la montaña de libros que han quedado pendientes, le he dicho a mi esposa cientos de veces que no los toque, que están ordenados de tal forma que solo yo entiendo porqué están así, pero ella no, nunca me entendió, nunca entendió el lenguaje de los libros. Siempre los encuentro bien ordenados en la biblioteca, desde los más gordos y pesados hasta los pequeños apuntes en servilletas.

Una de las peores cosas que pueden suceder consiste en que se me termine el dentífrico, eso sí sería mortal.


http://diariodeunmediconihilista.blogspot.com/


La ironía es exquisita, me encanta la forma en la que se manifiesta lo cotidiano.
Felicidades por la prosa. Voy a buscar otro!!!

Saludos,

Palmira
 
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