La sangre manchaba
la nieve impoluta.
Los rastros de huellas
allí se marcaban.
La zorra miraba
como arrastraban
los restos del zorro,
la vida segada,
que la separaba
del macho que amaba.
Del dolor profundo surgió,
la rabia desatada,
la venganza que galopaba
al unísono con sus patas.
Fue en busca de los dioses
por los hombres desechados,
salvajes, primarios,
que en el interior de la tierra
sus poderes ocultaban.
Les habló de su desdicha.
de su pena no contenida.
De cómo el zorro había sucumbido
ante una cruel cacería
buscando salvarla a ella y a sus crías.
“Quiero acercarme al hombre
que por diversión, por juego,
sin piedad desolló a mi amado
y se llevó su piel luego”.
Como todo tiene su precio,
la zorra entregó su cola
para obtener a cambio,
la forma de una mujer
que propiciara el encuentro.
En profunda oscuridad,
el cambio se efectuó
y los dioses le concedieron
un día y una noche, nada más,
para su desquite culminar.
No hubo mujer más bella
que caminara en la superficie,
que la que mostraba aquella bestia
de humanidad disfrazada.
Llegó con determinación
al lugar donde el asesino habitaba
y se hizo notar entre los habitantes
para ser el cebo que atrajese
a su trampa a la serpiente.
Pronto apareció, atraído por las noticias,
de una hermosa mujer que atrapaba,
que dejaba sin respiración,
la imaginación de cualquier hombre
que en ella la vista posara.
Noble como era y acostumbrado
a conseguir lo que deseaba,
empezó a cortejarla sin tardanza.
La zorra se dejó, cándidamente,
seducir por los halagos que la dispensaban
y se dejó llevar a la cama, dócilmente,
por el impenitente truhán
que otra conquista en su lista marcaba.
A su lado fue tan apasionada,
que su presa se sintió rendida
por el ardor hacia él demostrado,
y no notó hasta que fue tarde
que ella le atravesaba con un puñal,
horadando su corazón con placer exaltado.
Una vez muerto, escupió sobre él,
y se lamió, con asco, las manos,
empapadas de su vil sangre
cuando le arrancó el corazón
como él hizo con su macho.
Recogió la piel sobre una mesa extendida,
lo único que quedaba de su pareja adorada,
y con un sollozo contenido
la estrechó contra su cara.
Se alejó al salir el alba,
con la piel sobre su espalda,
mientras su contorno se difuminaba
y echaba a correr a su guarida
a reunirse con las crías
que sin duda la esperaban.
la nieve impoluta.
Los rastros de huellas
allí se marcaban.
La zorra miraba
como arrastraban
los restos del zorro,
la vida segada,
que la separaba
del macho que amaba.
Del dolor profundo surgió,
la rabia desatada,
la venganza que galopaba
al unísono con sus patas.
Fue en busca de los dioses
por los hombres desechados,
salvajes, primarios,
que en el interior de la tierra
sus poderes ocultaban.
Les habló de su desdicha.
de su pena no contenida.
De cómo el zorro había sucumbido
ante una cruel cacería
buscando salvarla a ella y a sus crías.
“Quiero acercarme al hombre
que por diversión, por juego,
sin piedad desolló a mi amado
y se llevó su piel luego”.
Como todo tiene su precio,
la zorra entregó su cola
para obtener a cambio,
la forma de una mujer
que propiciara el encuentro.
En profunda oscuridad,
el cambio se efectuó
y los dioses le concedieron
un día y una noche, nada más,
para su desquite culminar.
No hubo mujer más bella
que caminara en la superficie,
que la que mostraba aquella bestia
de humanidad disfrazada.
Llegó con determinación
al lugar donde el asesino habitaba
y se hizo notar entre los habitantes
para ser el cebo que atrajese
a su trampa a la serpiente.
Pronto apareció, atraído por las noticias,
de una hermosa mujer que atrapaba,
que dejaba sin respiración,
la imaginación de cualquier hombre
que en ella la vista posara.
Noble como era y acostumbrado
a conseguir lo que deseaba,
empezó a cortejarla sin tardanza.
La zorra se dejó, cándidamente,
seducir por los halagos que la dispensaban
y se dejó llevar a la cama, dócilmente,
por el impenitente truhán
que otra conquista en su lista marcaba.
A su lado fue tan apasionada,
que su presa se sintió rendida
por el ardor hacia él demostrado,
y no notó hasta que fue tarde
que ella le atravesaba con un puñal,
horadando su corazón con placer exaltado.
Una vez muerto, escupió sobre él,
y se lamió, con asco, las manos,
empapadas de su vil sangre
cuando le arrancó el corazón
como él hizo con su macho.
Recogió la piel sobre una mesa extendida,
lo único que quedaba de su pareja adorada,
y con un sollozo contenido
la estrechó contra su cara.
Se alejó al salir el alba,
con la piel sobre su espalda,
mientras su contorno se difuminaba
y echaba a correr a su guarida
a reunirse con las crías
que sin duda la esperaban.