Lágrima caída

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Si cada lágrima caída por esos amores tristes —que no eran amores sino prácticas de tortura con disfraz de promesas— hubiera quedado registrada, no necesitaría plomería: tendría un océano en el patio, con olas de histeria y mareas de “te juro que esta vez será diferente”.

Sería una atracción turística:
“Visite el Mar de las Desilusiones, salado como la esperanza y profundo como la estupidez reiterada. Entrada gratis, pero se paga con dignidad.”

Allí nadarían los peces del autoengaño, las sirenas del WhatsApp a las 2 a.m. y algún que otro tiburón disfrazado de “me importas”.
El fondo marino estaría decorado con mensajes sin responder, flores marchitas, y promesas que flotan como botellas vacías de vino barato.

Y yo… yo vendería salvavidas.
No para los otros.
Para mí.
Para la próxima vez que me enamore creyendo que el amor no sabe nadar.

Porque sí, cada lágrima fue una inversión líquida en el mercado de la melancolía, y el retorno siempre fue negativo.
Pero al menos, ahora, tengo playa propia.

Y un letrero que dice:
“Prohibido el paso a idiotas emocionales. El mar ya está lleno.”
 
Si cada lágrima caída por esos amores tristes —que no eran amores sino prácticas de tortura con disfraz de promesas— hubiera quedado registrada, no necesitaría plomería: tendría un océano en el patio, con olas de histeria y mareas de “te juro que esta vez será diferente”.

Sería una atracción turística:
“Visite el Mar de las Desilusiones, salado como la esperanza y profundo como la estupidez reiterada. Entrada gratis, pero se paga con dignidad.”

Allí nadarían los peces del autoengaño, las sirenas del WhatsApp a las 2 a.m. y algún que otro tiburón disfrazado de “me importas”.
El fondo marino estaría decorado con mensajes sin responder, flores marchitas, y promesas que flotan como botellas vacías de vino barato.

Y yo… yo vendería salvavidas.
No para los otros.
Para mí.
Para la próxima vez que me enamore creyendo que el amor no sabe nadar.

Porque sí, cada lágrima fue una inversión líquida en el mercado de la melancolía, y el retorno siempre fue negativo.
Pero al menos, ahora, tengo playa propia.

Y un letrero que dice:
“Prohibido el paso a idiotas emocionales. El mar ya está lleno.”
De eso se trata, de reconocer los errores del pasado, para no volver a caer en ellos.

Saludos
 
Si cada lágrima caída por esos amores tristes —que no eran amores sino prácticas de tortura con disfraz de promesas— hubiera quedado registrada, no necesitaría plomería: tendría un océano en el patio, con olas de histeria y mareas de “te juro que esta vez será diferente”.

Sería una atracción turística:
“Visite el Mar de las Desilusiones, salado como la esperanza y profundo como la estupidez reiterada. Entrada gratis, pero se paga con dignidad.”

Allí nadarían los peces del autoengaño, las sirenas del WhatsApp a las 2 a.m. y algún que otro tiburón disfrazado de “me importas”.
El fondo marino estaría decorado con mensajes sin responder, flores marchitas, y promesas que flotan como botellas vacías de vino barato.

Y yo… yo vendería salvavidas.
No para los otros.
Para mí.
Para la próxima vez que me enamore creyendo que el amor no sabe nadar.

Porque sí, cada lágrima fue una inversión líquida en el mercado de la melancolía, y el retorno siempre fue negativo.
Pero al menos, ahora, tengo playa propia.

Y un letrero que dice:
“Prohibido el paso a idiotas emocionales. El mar ya está lleno.”
Con una sonrisa triste por todo lo que dijo entre flores y mensajes embotellados ahogándose en su propio salvavidas. Como una vez, todo lo que tenía. Una maravilla de melancolía que me rodeo al leer este poema, y sea igual la misma que nunca nos abandonara.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba