Dulcificadas gotas ígneas del muy ponderado Lucifer caen a tierra firme. El ángel caído está escuálido de tanto sufrir. Su delirio se exacerba hasta cotas infinitamente inimaginables. Son perleadas charpullidas óseas. Que caen, como muy enervadas bolas de sangre, en el estanque de las lamentaciones. Lucifer está desesperado. Ya no siente odio a Dios. Al contrario. Lo ama como a un extraño. No le tiene resentimiento. Para él ya no existe dentro de su acuífero corazón. Es sólo una tétrica luz densa de mordaz vacío. Vanagloriado por unas entelequias espirituales. Más allá del claustro celestial de las novenas puertas esféricas. Las lágrimas de Lucifer retumban en el infierno. Y claman a los nocturnos cielos del amado padre Jehovah.