Lágrimas por el pan ajeno

Kein Williams

Poeta fiel al portal
Óyeme, triste infante, con lloro amargo y vano,
que en tu mesa, do el pan reposa escaso,
rechazas con desdén el fruto tempranero,
y el sustento que el cielo con amor ha dado.
¡Ay, niño mío, qué ciego es tu enojo!
La vianda que apartas con mano airada,
es el don que tu madre, con pecho roto,
dejó de su boca por ver la tuya colmada.
En su silencio, la dama sufre callada,
sus ojos, luceros de dulçor velado,
miran tu llanto con ternura quebrada,
ca su hambre es el precio de tu bocado.
No supo tu alma, tan tierna y sin tiento,
que cada miga en tu plato fue su sacrificio,
que su amor, más hondo que el viento,
tejió en la sombra su propio suplicio.
Levanta, pequeño, tu rostro al cielo,
y abraza a quien te guarda con tal devoción,
que en su ayuno hallarás el más puro anhelo,
un amor que no pide sino tu corazón.

 
Óyeme, triste infante, con lloro amargo y vano,
que en tu mesa, do el pan reposa escaso,
rechazas con desdén el fruto tempranero,
y el sustento que el cielo con amor ha dado.

¡Ay, niño mío, qué ciego es tu enojo!
La vianda que apartas con mano airada,
es el don que tu madre, con pecho roto,
dejó de su boca por ver la tuya colmada.

En su silencio, la dama sufre callada,
sus ojos, luceros de dulçor velado,
miran tu llanto con ternura quebrada,
ca su hambre es el precio de tu bocado.

No supo tu alma, tan tierna y sin tiento,
que cada miga en tu plato fue su sacrificio,
que su amor, más hondo que el viento,
tejió en la sombra su propio suplicio.

Levanta, pequeño, tu rostro al cielo,
y abraza a quien te guarda con tal devoción,
que en su ayuno hallarás el más puro anhelo,
un amor que no pide sino tu corazón.


Mucha reflexión en estas líneas sobre la comprensión y el egoísmo.

Saludos
 
Óyeme, triste infante, con lloro amargo y vano,
que en tu mesa, do el pan reposa escaso,
rechazas con desdén el fruto tempranero,
y el sustento que el cielo con amor ha dado.

¡Ay, niño mío, qué ciego es tu enojo!
La vianda que apartas con mano airada,
es el don que tu madre, con pecho roto,
dejó de su boca por ver la tuya colmada.

En su silencio, la dama sufre callada,
sus ojos, luceros de dulçor velado,
miran tu llanto con ternura quebrada,
ca su hambre es el precio de tu bocado.

No supo tu alma, tan tierna y sin tiento,
que cada miga en tu plato fue su sacrificio,
que su amor, más hondo que el viento,
tejió en la sombra su propio suplicio.

Levanta, pequeño, tu rostro al cielo,
y abraza a quien te guarda con tal devoción,
que en su ayuno hallarás el más puro anhelo,
un amor que no pide sino tu corazón.


Con lo que cuesta llevar la comida a la mesa. Agradecimiento falta y años para aprender y comprender la vida.
Buen poema para abrir los ojos.
Un saludo, Kein.
 

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