Lágrimas

Fullman

Poeta recién llegado
Dicen que cuando era un bebé nunca lloré. Mis primeras lágrimas se derramaron en el útero, como el Buendía que era incapaz de amar, lágrimas primordiales que intuían el peso del desamor.

Una vez, cuando dejé que mis lágrimas se hicieran públicas, me dieron un sopapo, y con él, una lección cruel: me dijeron que para llorar debían existir razones de peso, que no era de hombres mostrar tal debilidad.

Así, aprendí a sellar el manantial de mis ojos, a enterrar el dolor en la profundidad de mi ser. Desde aquel día, no volví a llorar en público, y en privado, solo en contadas ocasiones, únicamente por desamor.

Las lágrimas, esos ríos de tristeza y consuelo, se convirtieron en secretos, ocultos y solitarios, solo aflorando cuando el corazón era destrozado, cuando el amor se convertía en un espectro ausente.

En la soledad de mi cuarto, lloré por los amores perdidos, por las promesas quebradas y los sueños desvanecidos. Cada lágrima era una gota de esperanza marchita, un testimonio silencioso de la fragilidad del amor.

Y así, mis lágrimas se convirtieron en un canto amargo, un eco de la melancolía que resuena en el vacío del desamor. Lloré por las ilusiones deshechas, por las caricias olvidadas, por los abrazos que nunca más encontrarían refugio en mi alma.

En cada lágrima vertida, encontraba una verdad dolorosa: que el amor, cuando se va, deja un vacío insondable, un abismo que solo las lágrimas pueden intentar llenar, una herida abierta que nunca deja de sangrar.

Posdata, para A
 
Dicen que cuando era un bebé nunca lloré. Mis primeras lágrimas se derramaron en el útero, como el Buendía que era incapaz de amar, lágrimas primordiales que intuían el peso del desamor.

Una vez, cuando dejé que mis lágrimas se hicieran públicas, me dieron un sopapo, y con él, una lección cruel: me dijeron que para llorar debían existir razones de peso, que no era de hombres mostrar tal debilidad.

Así, aprendí a sellar el manantial de mis ojos, a enterrar el dolor en la profundidad de mi ser. Desde aquel día, no volví a llorar en público, y en privado, solo en contadas ocasiones, únicamente por desamor.

Las lágrimas, esos ríos de tristeza y consuelo, se convirtieron en secretos, ocultos y solitarios, solo aflorando cuando el corazón era destrozado, cuando el amor se convertía en un espectro ausente.

En la soledad de mi cuarto, lloré por los amores perdidos, por las promesas quebradas y los sueños desvanecidos. Cada lágrima era una gota de esperanza marchita, un testimonio silencioso de la fragilidad del amor.

Y así, mis lágrimas se convirtieron en un canto amargo, un eco de la melancolía que resuena en el vacío del desamor. Lloré por las ilusiones deshechas, por las caricias olvidadas, por los abrazos que nunca más encontrarían refugio en mi alma.

En cada lágrima vertida, encontraba una verdad dolorosa: que el amor, cuando se va, deja un vacío insondable, un abismo que solo las lágrimas pueden intentar llenar, una herida abierta que nunca deja de sangrar.

Posdata, para A
El amor deja heridas muy dolorosas.

Saludos
 
Dicen que cuando era un bebé nunca lloré. Mis primeras lágrimas se derramaron en el útero, como el Buendía que era incapaz de amar, lágrimas primordiales que intuían el peso del desamor.

Una vez, cuando dejé que mis lágrimas se hicieran públicas, me dieron un sopapo, y con él, una lección cruel: me dijeron que para llorar debían existir razones de peso, que no era de hombres mostrar tal debilidad.

Así, aprendí a sellar el manantial de mis ojos, a enterrar el dolor en la profundidad de mi ser. Desde aquel día, no volví a llorar en público, y en privado, solo en contadas ocasiones, únicamente por desamor.

Las lágrimas, esos ríos de tristeza y consuelo, se convirtieron en secretos, ocultos y solitarios, solo aflorando cuando el corazón era destrozado, cuando el amor se convertía en un espectro ausente.

En la soledad de mi cuarto, lloré por los amores perdidos, por las promesas quebradas y los sueños desvanecidos. Cada lágrima era una gota de esperanza marchita, un testimonio silencioso de la fragilidad del amor.

Y así, mis lágrimas se convirtieron en un canto amargo, un eco de la melancolía que resuena en el vacío del desamor. Lloré por las ilusiones deshechas, por las caricias olvidadas, por los abrazos que nunca más encontrarían refugio en mi alma.

En cada lágrima vertida, encontraba una verdad dolorosa: que el amor, cuando se va, deja un vacío insondable, un abismo que solo las lágrimas pueden intentar llenar, una herida abierta que nunca deja de sangrar.

Posdata, para A
Muy buena narración de las lágrimas y el desamor. Un abrazo con la pluma del alma
 

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