Enrique Romero
Poeta recién llegado
Noches donde redondea el verbo,
reverbero sepia que recuerdo en el tormento:
llega la hoz pálida, media luna encuadrada
en el pecho, depresión somática del espectro.
Después se unen las miradas,
oscuridad desgarrada por el grito ultravioleta
de las cuerdas entrañadas de una vociferación resuelta:
divide la soledad del juego de la miseria.
No habrá tiempo perfecto
para resolver esta necedad de enero.
Ahora que te vas,
puerta por puerta me liberó de este encierro,
y el grajo ya esbelto aprendió a volar por sí,
saldrá bajo la luna intensa a relucir sus alas
abrirá hacia el cielo sus ojitos negros de ónix,
en su corazón joven vibrarán la música calma
de los riachuelos, y su vuelo guiará el viento.
Será feliz por poco,
pues espera a su celador en acecho.
El mismo que hizo de él miseria y prisionero,
al mismo que lo espera con la añoranza hacia un muerto.
Sabe que vendrá, grave e impasible,
tomará al ave del pescuezo
la despojará de su plumaje, su traje solemne,
una por una hasta que su piel abierta se congele.
Cercenará sus alas, la sangre se imprimirá en sus retinas
y de las cicatrices le gobernará el dolor,
y será feliz en su calvario, aún más feliz que en libertad
cuando sobrevolaba el lago a plena luz del día.
Y aceptará cualquier miseria que se le haya dado
por venir de las manos de aquel libertador,
que tensó las cuerdas de su corazón
y puso en sus pupilas el brillo de la existencia.
Oh! Y yo, yo volveré a la celda de tu amor,
destrozado, y el corazón hecho un lago sangriento.
reverbero sepia que recuerdo en el tormento:
llega la hoz pálida, media luna encuadrada
en el pecho, depresión somática del espectro.
Después se unen las miradas,
oscuridad desgarrada por el grito ultravioleta
de las cuerdas entrañadas de una vociferación resuelta:
divide la soledad del juego de la miseria.
No habrá tiempo perfecto
para resolver esta necedad de enero.
Ahora que te vas,
puerta por puerta me liberó de este encierro,
y el grajo ya esbelto aprendió a volar por sí,
saldrá bajo la luna intensa a relucir sus alas
abrirá hacia el cielo sus ojitos negros de ónix,
en su corazón joven vibrarán la música calma
de los riachuelos, y su vuelo guiará el viento.
Será feliz por poco,
pues espera a su celador en acecho.
El mismo que hizo de él miseria y prisionero,
al mismo que lo espera con la añoranza hacia un muerto.
Sabe que vendrá, grave e impasible,
tomará al ave del pescuezo
la despojará de su plumaje, su traje solemne,
una por una hasta que su piel abierta se congele.
Cercenará sus alas, la sangre se imprimirá en sus retinas
y de las cicatrices le gobernará el dolor,
y será feliz en su calvario, aún más feliz que en libertad
cuando sobrevolaba el lago a plena luz del día.
Y aceptará cualquier miseria que se le haya dado
por venir de las manos de aquel libertador,
que tensó las cuerdas de su corazón
y puso en sus pupilas el brillo de la existencia.
Oh! Y yo, yo volveré a la celda de tu amor,
destrozado, y el corazón hecho un lago sangriento.
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