Sara Lebrel
Poeta recién llegado
Digamos que sus cabellos han visto el gran diluvio
de unos besos al filo de cualquier boca
a punto de explotar.
Que sus faldas han roto suspiros y jadeos a Trujillo,
que cada jueves se rompen el vestido
por recorrer su columna de vértigo
hasta subir al castillo que las vio crecer.
Hablemos de cómo la gente les lanza rosas al pasar
y cómo todos riman versos de Espronceda
con la poesía de sus piernas.
Que cada paso lo han medido a la perfección,
que saben cómo apoyar el pie derecho
para no arrebatarle las fuerzas a sus espaldas
y poder fingir que no tienen una cadera más alta que la otra.
Solo ellas saben mostrar los dientes más grandes
cuando sonríen,
y se contonean por Montera
y se ríen de la mirada de más de uno que mendiga amor.
Solo ellas saben robar sonrisas a los niños,
bailar tangos con cualquier anciano
y besar a personas de su mismo sexo
para demostrar que el amor es universal.
Y ellas creen en Dios, pero, sobre todo, en la Libertad.
Y luchan, y se caen, y las pegan, y la policía las persigue,
y la inquisición acaba con ellas.
Muchas sobrevivieron a la malicia de dictadores,
a la maldad de alguna mujer con collar que se había cansado de bailar.
Y de ese ramo de flores de cualquier cuneta
nacimos nosotras, las nietas de aquellas brujas que no pudisteis matar.
Nacimos en primavera, cuando las rosas vuelven a nacer,
cuando se hacen inmarcesibles
y aplastan los fusiles con palabras.
Somos nosotras, las que defendemos a los hijos de la piedra,
las que todas las mañanas regamos nuestro arbolé
para que cualquier niña recoja aceitunas en Jaén.
Somos nosotras, las que llegamos con tres heridas:
la de los poetas que matasteis,
la de las cunetas que aún desbordan sangre
y la de las mujeres a las que quitasteis la libertad de escribir.
Menos mal que os atragantasteis con vuestro odio,
con vuestra sed de imposición,
las palabras os han aplastado
y qué placer veros muertos.
de unos besos al filo de cualquier boca
a punto de explotar.
Que sus faldas han roto suspiros y jadeos a Trujillo,
que cada jueves se rompen el vestido
por recorrer su columna de vértigo
hasta subir al castillo que las vio crecer.
Hablemos de cómo la gente les lanza rosas al pasar
y cómo todos riman versos de Espronceda
con la poesía de sus piernas.
Que cada paso lo han medido a la perfección,
que saben cómo apoyar el pie derecho
para no arrebatarle las fuerzas a sus espaldas
y poder fingir que no tienen una cadera más alta que la otra.
Solo ellas saben mostrar los dientes más grandes
cuando sonríen,
y se contonean por Montera
y se ríen de la mirada de más de uno que mendiga amor.
Solo ellas saben robar sonrisas a los niños,
bailar tangos con cualquier anciano
y besar a personas de su mismo sexo
para demostrar que el amor es universal.
Y ellas creen en Dios, pero, sobre todo, en la Libertad.
Y luchan, y se caen, y las pegan, y la policía las persigue,
y la inquisición acaba con ellas.
Muchas sobrevivieron a la malicia de dictadores,
a la maldad de alguna mujer con collar que se había cansado de bailar.
Y de ese ramo de flores de cualquier cuneta
nacimos nosotras, las nietas de aquellas brujas que no pudisteis matar.
Nacimos en primavera, cuando las rosas vuelven a nacer,
cuando se hacen inmarcesibles
y aplastan los fusiles con palabras.
Somos nosotras, las que defendemos a los hijos de la piedra,
las que todas las mañanas regamos nuestro arbolé
para que cualquier niña recoja aceitunas en Jaén.
Somos nosotras, las que llegamos con tres heridas:
la de los poetas que matasteis,
la de las cunetas que aún desbordan sangre
y la de las mujeres a las que quitasteis la libertad de escribir.
Menos mal que os atragantasteis con vuestro odio,
con vuestra sed de imposición,
las palabras os han aplastado
y qué placer veros muertos.