Kabuki
Poeta recién llegado
Las brujas quemadas
Vas, no voy, encuentro
una luciérnaga de mar, un hipocampo
de flamas. El embate
de las burbujas golpea los viejos
puertos, una ondina
bucea con un loto entre los dientes,
los bucles de esas sabanas
danzan al reflejo
de un ojo.
Caigo, un huso hilando
una de mis tripas,
mis dedos flotando
en un consomé de Gorgonas,
las estalagmitas absorben los gritos,
una palma dorada
cercena tal serrucho. Labios
sangrantes de vermú.
Sopla el oboe, la constelación
de cáncer se dibuja,
el torso musculoso de un Minotauro
acecha en los carrizos.
Es voyeur de la orgía
de la metrópolis.
Se alza un péndulo
con el filo de una cimitarra,
el cielo celeste,
como aura de bebé tísico,
se luxa, un panal
de leche seca,
una cucaracha más grande
que la de Kafka
chupa la hemoglobina
del Hefestos del cemento.
Una virgen loca
cocina arroz con atún,
se hace tajos con
el borde de la lata
en la barriga, mancha de rojo
las paredes del dédalo.
Unos psicópatas de bata
inmaculada la meten a
una tartana,
la mismo que el del Quijote.
La lanzaron al peñasco.
Yo ando por la caleta brava,
pescando pejerreyes
viendo tus miembros
trasladados por un funeral.
Calma, la pianola
esta puesta sobre el atalaya,
este con su reverbero
muestra siluetas de esmalte
de brea, sus rostros
son de hierro, la ergástula
de sus pupilas de vidrio roto
penetran a las niñas del lago.
Ellas se hacen parte del bosque,
un soneto se talle
en un monolito, este está
en el centro del Sahara,
sobre ella pasa una supernave,
deja caer sus torpedos.
Después de unas horas
un lazarillo recoge los aros,
entre ese charco de
tripas y seso,
mientras un viejo calvo
espera arrancándose los
callos del pie
en su pértiga de cristal.
Vas, no voy, encuentro
una luciérnaga de mar, un hipocampo
de flamas. El embate
de las burbujas golpea los viejos
puertos, una ondina
bucea con un loto entre los dientes,
los bucles de esas sabanas
danzan al reflejo
de un ojo.
Caigo, un huso hilando
una de mis tripas,
mis dedos flotando
en un consomé de Gorgonas,
las estalagmitas absorben los gritos,
una palma dorada
cercena tal serrucho. Labios
sangrantes de vermú.
Sopla el oboe, la constelación
de cáncer se dibuja,
el torso musculoso de un Minotauro
acecha en los carrizos.
Es voyeur de la orgía
de la metrópolis.
Se alza un péndulo
con el filo de una cimitarra,
el cielo celeste,
como aura de bebé tísico,
se luxa, un panal
de leche seca,
una cucaracha más grande
que la de Kafka
chupa la hemoglobina
del Hefestos del cemento.
Una virgen loca
cocina arroz con atún,
se hace tajos con
el borde de la lata
en la barriga, mancha de rojo
las paredes del dédalo.
Unos psicópatas de bata
inmaculada la meten a
una tartana,
la mismo que el del Quijote.
La lanzaron al peñasco.
Yo ando por la caleta brava,
pescando pejerreyes
viendo tus miembros
trasladados por un funeral.
Calma, la pianola
esta puesta sobre el atalaya,
este con su reverbero
muestra siluetas de esmalte
de brea, sus rostros
son de hierro, la ergástula
de sus pupilas de vidrio roto
penetran a las niñas del lago.
Ellas se hacen parte del bosque,
un soneto se talle
en un monolito, este está
en el centro del Sahara,
sobre ella pasa una supernave,
deja caer sus torpedos.
Después de unas horas
un lazarillo recoge los aros,
entre ese charco de
tripas y seso,
mientras un viejo calvo
espera arrancándose los
callos del pie
en su pértiga de cristal.