manuelo
Poeta fiel al portal
Amiga encina:
He recorrido muchos kilómetros para llegar aquí
y he derramado lágrimas al ver que no estabas,
y que el gran espacio donde reinabas
y al que dabas belleza infinita
ha desparecido, quedando en su lugar uno pequeño,
indefinido, despreciable, insulso.
He buscado en el recuerdo
el aleteo luminoso de aquellas tus hojas, únicas,
que me daban sombra en el verano,
y en el invierno me cobijaron tantas veces de la lluvia.
Entonces me sentía importante,
un pequeño hombre rey de todo lo que veía,
distrutando de tu belleza, las más de las veces subido a ti,
mientras fumaba los primeros pitillos caseros, furtivos,
de hojas secas de parra, tan fuertes que se me saltaban las lágrimas...
Éramos tres, tú, el arroyo y yo.
El arroyo está casi seco, parece distinto..., no hay juncos.
Los tractores se han acercado demasiado,
le han quitado toda su belleza,
lo han dejado en algo puramente funcional, estrecho y ridículo.
He sacado de nuevo un pitillo, que he liado, como entonces,
aunque ahora con tabaco de pipa aromatizado con palodú;
pero he sido incapaz de encenderlo, ni acercármelo a los labios,
y lo he arrojado a las turbias aguas. No hay nada que celebrar.
Ya no sería lo mismo.
Te talaron legalmente.
¿Cómo explicarte amiga, lo que siento?
Hay leyes que deberían de escribirlas los niños, o los poetas.
He recorrido muchos kilómetros para llegar aquí
y he derramado lágrimas al ver que no estabas,
y que el gran espacio donde reinabas
y al que dabas belleza infinita
ha desparecido, quedando en su lugar uno pequeño,
indefinido, despreciable, insulso.
He buscado en el recuerdo
el aleteo luminoso de aquellas tus hojas, únicas,
que me daban sombra en el verano,
y en el invierno me cobijaron tantas veces de la lluvia.
Entonces me sentía importante,
un pequeño hombre rey de todo lo que veía,
distrutando de tu belleza, las más de las veces subido a ti,
mientras fumaba los primeros pitillos caseros, furtivos,
de hojas secas de parra, tan fuertes que se me saltaban las lágrimas...
Éramos tres, tú, el arroyo y yo.
El arroyo está casi seco, parece distinto..., no hay juncos.
Los tractores se han acercado demasiado,
le han quitado toda su belleza,
lo han dejado en algo puramente funcional, estrecho y ridículo.
He sacado de nuevo un pitillo, que he liado, como entonces,
aunque ahora con tabaco de pipa aromatizado con palodú;
pero he sido incapaz de encenderlo, ni acercármelo a los labios,
y lo he arrojado a las turbias aguas. No hay nada que celebrar.
Ya no sería lo mismo.
Te talaron legalmente.
¿Cómo explicarte amiga, lo que siento?
Hay leyes que deberían de escribirlas los niños, o los poetas.
Última edición: