LAS MELLIZAS
Cada vez que regresaba a casa de alguno de sus viajes de trabajo, temía encontrarse con una desgracia. A pesar de todos los problemas que le creaban, adoraba a sus tías;las mellizas;como las apodaban en el pueblo. Fueron ellas quienes la recogieron al quedar huérfana a los nueve años, aunque, nunca estuvo demasiado claro quien cuidaba de quien. Eran inquietas, imprevisibles, desconcertantes; vivían absortas en la elaboración de sus pócimas y sufrían peligrosos lapsus de memoria que la mantenían en un constante estado de alerta. Revoloteaban por el jardín con extraños secretismos y se encerraban durante horas en su pequeño laboratorio. Sus pasos acompasados resultaban idénticos y más que hablarse parecían comunicarse telepáticamente a través de miradas cómplices. Siempre se sintió excluida y expectante.
Tuvo un extraño presentimiento al abrir la puerta; el alarmante silencio la hizo correr al salón; aterrada contempló la escena; sus peores augurios se habían cumplido. Allí estaban sus tías, inmóviles, sentadas en sendos sillones, con las cabezas ladeadas, las manos abandonadas a su suerte y las tazas de té derramadas sobre la alfombra; sus cuerpos mantenían idénticas posturas, con esa sincronía que les caracterizaba en vida. Temía que algo así pasaría algún día, a sus años cualquier error podía resultar fatal, una simple confusión en el etiquetado de los botes que manipulaban. ¡Nunca debió confiar en que ellas cumplieran su promesa!
Sentada en el sofá con la cabeza entre las manos recordó el horror del día que las sorprendió arrastrando el cadáver del pobre alcalde D. Sigifredo, su eterno enamorado. Las había pretendido a ambas desde la adolescencia, pero nunca se decidió por ninguna. El único pecado del desafortunado D. Sigifredo, había sido anunciarles su enlace con Caridad, una exuberante joven cubana, que, en principio, había presentado como sobrina lejana; ellas, aparentemente felices por la noticia, le obsequiaron con el mas tentador de sus brebajes para incautos e intrépidos maduritos;el elixir de la potencia;. Sin pensarlo dos veces, D. Sigifredo probó un trago; nada mas ingerirlo, cayó ipso facto muriendo en el acto.
-No sufrió nada- aclararon, en un intento de tranquilizarla; luego le confesaron que venían haciéndolo desde hacía muchos años, cuando empezaron a desaparecer algunos hombres de la zona. Primero fueron los pretendientes remisos al compromiso y mas tarde los maridos infieles de la comarca. Perpleja oía sus testimonios lejanos, como en una pesadilla.
- Han sido malos- sentenciaron - pero, sin embargo, son buenos para las rosas del jardín- El corazón le había dado un vuelco al descubrir como se había extendido la zona de las preciadas rosas de sus tías. Comprendió entonces que era demasiado tarde para someterlas a juicios y condenas; además, sus caritas regordetas de ancianas candorosas la desarmaron; compungida colaboró con ellas, convirtiendo al malogrado D. Sigifredo en más abono para sus rosas. Acordaron que ella les guardaría el secreto, a cambio de su promesa de no volver a hacerlo y de desmantelar totalmente el pequeño laboratorio.
Estaba claro que nunca la cumplieron, ya que el jardín había crecido en su ausencia.
Última edición: