Las palabras adecuadas
-Sentate- Me dijo, mirándome de pie con esa sonrisa diáfana y natural- ¿Querés algo para tomar?
-No- Respondí seriamente.
-Hace mucho tiempo que no nos vemos- Añadió.
Sabía exactamente que la situación había cambiado, que había una oportunidad presente, si los gestos eran oportunos. Pero no me atrevía a abrir la boca. Era uno de esos momentos en que las palabras podían ser innecesarias y hasta incómodas. Si no había complicidad en el encuentro no habría química; y si no había química, no había nada. El silencio se extendió por un tiempo, colmando el ambiente de calma y satisfacción.
De pronto, su teléfono sonó. Quedé estupefacto al escuchar ese sonido dulce de unas teclas aterciopeladas: Era mi canción favorita. Ella lo sabía muy bien. Lo había oído por mí. Apuesto a que en mi ciudad, sólo mis amigos pudieron oírla, gracias a mí. Era una canción de culto que descubrí vagabundeando por ahí.
-Me encanta esta canción- Mencionó.
Entonces le regalé una sonrisa. Sabía que entonces el silencio pasaría de confortante a incómodo, así que bajé la mirada y agregué: “Sí, a mi también me encanta”. Vaya estupidez, podía hacerlo mejor.
Observaba el mantel redondo. En ese momento tenía mis manos apoyados en la mesa, con las palmas hacia abajo y los dedos extendidos. De pronto sentí su tacto frío sobre mi mano izquierda. Sus dedos se cerraron lentamente, envolviéndome con un cariño que nunca había presenciado.
Yo hice lo mismo, apresandola, anhelando no soltarla nunca. Pero, ¡Maldición, debía accionar de alguna forma u otra! Solo pude abrir la boca por el asombro. Sentí que la mandíbula me pesaba más de la cuenta.
Sin embargo, desperté del sueño, de esos estúpidos deseos que sabes que no volverán aun que cierres los ojos. Al despertar, mi izquierda se sentía presionada, como si su mano aún estuviera presente, haciendo énfasis en una ilusión extraordinaria y extática. Es fácil fantasear estando en entresueño, imaginar que se trataba de una señal mística. El inconsciente me susurra cada tanto que no la olvidé.
Sólo me quedó la nostalgia y la duda de no saber si en verdad era un afecto extraordinario o una herida abierta y obsesiva producida por la desdicha. La desdicha de no usar las palabras adecuadas, de idealizar romances extraños y de ser derrotado.
Si alguien cree que no perdía nada por decir la verdad, estaba equivocado. Su sonrisa era la más contagiosa de las sonrisas, y a veces prefería no alejarme nunca.
-Sentate- Me dijo, mirándome de pie con esa sonrisa diáfana y natural- ¿Querés algo para tomar?
-No- Respondí seriamente.
-Hace mucho tiempo que no nos vemos- Añadió.
Sabía exactamente que la situación había cambiado, que había una oportunidad presente, si los gestos eran oportunos. Pero no me atrevía a abrir la boca. Era uno de esos momentos en que las palabras podían ser innecesarias y hasta incómodas. Si no había complicidad en el encuentro no habría química; y si no había química, no había nada. El silencio se extendió por un tiempo, colmando el ambiente de calma y satisfacción.
De pronto, su teléfono sonó. Quedé estupefacto al escuchar ese sonido dulce de unas teclas aterciopeladas: Era mi canción favorita. Ella lo sabía muy bien. Lo había oído por mí. Apuesto a que en mi ciudad, sólo mis amigos pudieron oírla, gracias a mí. Era una canción de culto que descubrí vagabundeando por ahí.
-Me encanta esta canción- Mencionó.
Entonces le regalé una sonrisa. Sabía que entonces el silencio pasaría de confortante a incómodo, así que bajé la mirada y agregué: “Sí, a mi también me encanta”. Vaya estupidez, podía hacerlo mejor.
Observaba el mantel redondo. En ese momento tenía mis manos apoyados en la mesa, con las palmas hacia abajo y los dedos extendidos. De pronto sentí su tacto frío sobre mi mano izquierda. Sus dedos se cerraron lentamente, envolviéndome con un cariño que nunca había presenciado.
Yo hice lo mismo, apresandola, anhelando no soltarla nunca. Pero, ¡Maldición, debía accionar de alguna forma u otra! Solo pude abrir la boca por el asombro. Sentí que la mandíbula me pesaba más de la cuenta.
Sin embargo, desperté del sueño, de esos estúpidos deseos que sabes que no volverán aun que cierres los ojos. Al despertar, mi izquierda se sentía presionada, como si su mano aún estuviera presente, haciendo énfasis en una ilusión extraordinaria y extática. Es fácil fantasear estando en entresueño, imaginar que se trataba de una señal mística. El inconsciente me susurra cada tanto que no la olvidé.
Sólo me quedó la nostalgia y la duda de no saber si en verdad era un afecto extraordinario o una herida abierta y obsesiva producida por la desdicha. La desdicha de no usar las palabras adecuadas, de idealizar romances extraños y de ser derrotado.
Si alguien cree que no perdía nada por decir la verdad, estaba equivocado. Su sonrisa era la más contagiosa de las sonrisas, y a veces prefería no alejarme nunca.