Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
No tengo otra cosa que respirar
las palabras que emergen del alma.
Así fue siempre y no me había dado cuenta,
algunos me dieron la poesía inagotable
del silencio, un murmullo de todas las prisas
del hombre.
Vengo de las altas cumbres de los Andes,
soy un animal de exterior,
de cumbres elevadas,
de cobre mixtificado por indígenas solitarios.
Mi talante es de madera alegre,
tengo la lengua de los parpados y fervor
de mariposas falsas
que engendran primaveras.
Mi uso del oficio es una larga caminata descalzo,
como una extraña lozanía de verbos irrespirables,
el respiro profundo de versos que no saben a nada,
suelo
escribir en la orilla de todas las mesas abandonadas,
en la silla del cuerpo cuando se estaciona en los años,
un acordeón son los sonidos que llevo en el verso,
un pensamiento poético
que tiene la abstracción de las estrellas.
Mi altura viene de los niveles del suelo,
donde corroen miserias
y amores asistidos por colgantes violetas.
Soy el aire que se bebe en los puertos,
minerales gaviotas
que con hambre carcomen
las mismas letras idiotizadas del silencio.
Soy un desvelo de una gracia otorgada:
la gracia de sentir las piedras del alma.
las palabras que emergen del alma.
Así fue siempre y no me había dado cuenta,
algunos me dieron la poesía inagotable
del silencio, un murmullo de todas las prisas
del hombre.
Vengo de las altas cumbres de los Andes,
soy un animal de exterior,
de cumbres elevadas,
de cobre mixtificado por indígenas solitarios.
Mi talante es de madera alegre,
tengo la lengua de los parpados y fervor
de mariposas falsas
que engendran primaveras.
Mi uso del oficio es una larga caminata descalzo,
como una extraña lozanía de verbos irrespirables,
el respiro profundo de versos que no saben a nada,
suelo
escribir en la orilla de todas las mesas abandonadas,
en la silla del cuerpo cuando se estaciona en los años,
un acordeón son los sonidos que llevo en el verso,
un pensamiento poético
que tiene la abstracción de las estrellas.
Mi altura viene de los niveles del suelo,
donde corroen miserias
y amores asistidos por colgantes violetas.
Soy el aire que se bebe en los puertos,
minerales gaviotas
que con hambre carcomen
las mismas letras idiotizadas del silencio.
Soy un desvelo de una gracia otorgada:
la gracia de sentir las piedras del alma.
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