BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Esta infinita calma
que precede al amanecer.
El cuerpo precisa su dosis
de cerveza y café.
El insomnio despierta y perfuma
las avenidas, encarnado
en miles de cabezas
que ruegan y blasfeman.
Furtivamente, entre las ramas,
un ejército de ardillas, lapas
de interior, asedian las zonas VIP
en busca de comida.
Cerca de los aspersores y los jardines,
los funcionarios contienen
el deseo, buscando el bromuro de las risas
nerviosas y afables. Todo huele bien.
Desde el zumo prefabricado que montan
en las baldas, hasta el silencioso gesto
que imprime a su afirmación o negación,
la clientela del barrio. Todo huele raro.
Como si el infierno hubiera descendido
o como si el invierno se hubiese pospuesto
hasta nueva orden. Las nubes son de plástico.
Las serenatas de vacilantes adolescentes,
desaparecieron. Los montículos de tierra
donde se vislumbra la primavera, renacen.
Las coníferas cumplen su cometido esparciendo
su fragancia envasada por los parques, el público
se mete en las hosterías y en los hoteles, intentando
adueñarse de una hora de sueño. No hay invención aquí:
se goza, se sufre, se estima, o se desdeña,
desde la invisibilidad de los rincones sucios
de las cafeterías: pasaporte efímero al consuelo
de las primeras horas.©
que precede al amanecer.
El cuerpo precisa su dosis
de cerveza y café.
El insomnio despierta y perfuma
las avenidas, encarnado
en miles de cabezas
que ruegan y blasfeman.
Furtivamente, entre las ramas,
un ejército de ardillas, lapas
de interior, asedian las zonas VIP
en busca de comida.
Cerca de los aspersores y los jardines,
los funcionarios contienen
el deseo, buscando el bromuro de las risas
nerviosas y afables. Todo huele bien.
Desde el zumo prefabricado que montan
en las baldas, hasta el silencioso gesto
que imprime a su afirmación o negación,
la clientela del barrio. Todo huele raro.
Como si el infierno hubiera descendido
o como si el invierno se hubiese pospuesto
hasta nueva orden. Las nubes son de plástico.
Las serenatas de vacilantes adolescentes,
desaparecieron. Los montículos de tierra
donde se vislumbra la primavera, renacen.
Las coníferas cumplen su cometido esparciendo
su fragancia envasada por los parques, el público
se mete en las hosterías y en los hoteles, intentando
adueñarse de una hora de sueño. No hay invención aquí:
se goza, se sufre, se estima, o se desdeña,
desde la invisibilidad de los rincones sucios
de las cafeterías: pasaporte efímero al consuelo
de las primeras horas.©