LAS TETAS DE LA NOVICIA
En sus pechos descubría
el maná de los desiertos,
y con los ojos abiertos
mi deseo se encendía.
Lo que miraba, veía...
Imposible era tocar:
No quería provocar
de la novicia su furia.
Mitigué, pues, mi penuria
con un vaso de buen vino,
y el remedio fue divino
ya que aumentó mi lujuria.
Un efecto secundario
apareció por sorpresa,
y es que la moza (¡Traviesa!)
con vino brindaba a diario.
Abandonó su rosario
convirtiéndolo en porrón,
levantose el mandilón
ofreciendo sus encantos,
y sin mayores quebrantos
nos dimos un revolcón.
Resultó que la novicia
era del sexo maestra:
Con la zurda y con la diestra
ilustraba su pericia.
Necesaria es la justicia
para narrar el instante,
pues tal era su talante
(y mi placer tan feroz)
que se me apaga la voz
al recordar su semblante.
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Chu
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