Géminis 48
M.F.P.
Las tierras, el aire y el niño
Las áridas tierras que soportan el peso de la memoria
han ido archivando por ley de tiempo y gravedad:
losetas troceadas de mármol de colores, varillas de paraguas como
[flechas,
trozos de cañas con tres agujeros para la sinfonía en do mayor nun-
[ca escrita,
cuerpos de enamorados, o no, ocultos entre los trigales,
niños vigilando con miedo a tarántulas, sapos y culebras.
Las áridas tierras, inquietas ahora, siente en su seno
el rebullir que nace en el camposanto de recuerdos:
hijos sepultados por terraplenes traicioneros,
fetos ignorantes que desconocen que nunca nacerán,
ilusiones inválidas y clavos oxidados buscando pies descalzos,
decisiones muertas en el laberinto de la adolescencia.
El aire percibe aún el olor a pescado del aprendiz
que ahogó sus días en el fondo de una charca.
El aire entre sus dedos lleva aún los cabellos cruelmente arrancados
al aprendiz de pescadero por aquel profesor inolvidable.
El aire aún se estremece con los lamentos del aprendiz enredados en-
[tre faltas ortográficas.
El niño deja de jugar cuando el silencio es el dueño,
busca con urgencia la respiración de su padre y después
escucha el suspirar de su madre en el atardecer que araña el horizonte.
El niño recoge la música del afilador y avisa a los mellados
filos de tijeras y lenguas; repite con eco infantil el mensaje
que de puerta en puerta vocea, con rutinaria insistencia,
el paragüero – lañador para sanar las grietas de los pucheros.
Las tierras en su modo de arcilla se dejan consentir por las manos del
[alfarero
y son cántaros que llevan el agua de la fuente a casa.
El aire en movimientos constantes en tiempo y espacio saluda y se
[despide
de los pulmones dejando puertas abiertas para el próximo regreso.
El niño advierte en ese tiempo: no bajes por esos peldaños oxidados,
[hermano.
Vuelve a casa, mamá se impacienta y papá se amarga. Las vecinas
[duermen, no saben nada.
Géminis 48
M.F.P.
Abril 2013
Las áridas tierras que soportan el peso de la memoria
han ido archivando por ley de tiempo y gravedad:
losetas troceadas de mármol de colores, varillas de paraguas como
[flechas,
trozos de cañas con tres agujeros para la sinfonía en do mayor nun-
[ca escrita,
cuerpos de enamorados, o no, ocultos entre los trigales,
niños vigilando con miedo a tarántulas, sapos y culebras.
Las áridas tierras, inquietas ahora, siente en su seno
el rebullir que nace en el camposanto de recuerdos:
hijos sepultados por terraplenes traicioneros,
fetos ignorantes que desconocen que nunca nacerán,
ilusiones inválidas y clavos oxidados buscando pies descalzos,
decisiones muertas en el laberinto de la adolescencia.
El aire percibe aún el olor a pescado del aprendiz
que ahogó sus días en el fondo de una charca.
El aire entre sus dedos lleva aún los cabellos cruelmente arrancados
al aprendiz de pescadero por aquel profesor inolvidable.
El aire aún se estremece con los lamentos del aprendiz enredados en-
[tre faltas ortográficas.
El niño deja de jugar cuando el silencio es el dueño,
busca con urgencia la respiración de su padre y después
escucha el suspirar de su madre en el atardecer que araña el horizonte.
El niño recoge la música del afilador y avisa a los mellados
filos de tijeras y lenguas; repite con eco infantil el mensaje
que de puerta en puerta vocea, con rutinaria insistencia,
el paragüero – lañador para sanar las grietas de los pucheros.
Las tierras en su modo de arcilla se dejan consentir por las manos del
[alfarero
y son cántaros que llevan el agua de la fuente a casa.
El aire en movimientos constantes en tiempo y espacio saluda y se
[despide
de los pulmones dejando puertas abiertas para el próximo regreso.
El niño advierte en ese tiempo: no bajes por esos peldaños oxidados,
[hermano.
Vuelve a casa, mamá se impacienta y papá se amarga. Las vecinas
[duermen, no saben nada.
Géminis 48
M.F.P.
Abril 2013