Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Como malabarista que lanza objetos
al aire y los recupera haciendo movimientos
dancísticos, así dispararé palabras sucias,
que manchen los sentidos y la imaginación.
Que sean como perros rabiosos llenos de baba
atemorizando viejas ridículas y timoratas.
Exaltando ánimos masculinos morbosos
siempre impregnados del deseo sexual que les punza
con frecuencia tenaz.
La adolescente, de pequeños senos crecientes,
aburrida en el recreo,
descubre un arbusto cuyas flores son pequeñas rosas rojas.
Su atención, siempre dispersa,
al fin encuentra algo placentero en que posarse.
Quiere poseer el encanto de la flor,
ser así, sencilla y hermosa, pequeña y fascinante,
simple como el rumor de un ave
que produce un deleite sutil, como de caricia.
La corta del arbusto,
y hace pasar el pequeño tallo por el ojal, del botón
que no cierra, de su blusa sport del uniforme.
Entonces, la sabia maestra de literatura, siempre engolada,
con su gesto de perdonavidas, la descubre y le grita:
¡Pareces piruja!.
La chica, enrojece de vergüenza, miedo y estupor,
más por la actitud de la maestra que por
lo dicho, pues desconoce la semántica de esa palabra.
Guarda la rosita en su mochila y corre a su casa.
Pregunta a su madre,
-¿qué es una piruja?-
- Ay, pues una puta, m’hijita-
-¿cómo las que se paran en Tlalpan?-
-Sí, esas.-
Ella va a la calle de Tlalpan,
testigo de innumerables encuentros,
transacciones de placer,
urdidora de historias sórdidas de depravación y lujuria,
hambre y miseria.
Observa a las mujeres,
pero ninguna lleva una rosita roja en el ojal,
ni siquiera tienen un ojal, todas van muy escotadas,
pintadas, con ropas que las ciñen,
que hacen parecer que sus senos van a explotar.
-¿Por qué me diría eso la profa Diéguez?-, se pregunta.
Levanta los hombros y
manda al diablo a la “piruja” de la profesora de literatura,
que siempre les habla de la belleza del lenguaje.
Acaba de enriquecer su vocabulario.
al aire y los recupera haciendo movimientos
dancísticos, así dispararé palabras sucias,
que manchen los sentidos y la imaginación.
Que sean como perros rabiosos llenos de baba
atemorizando viejas ridículas y timoratas.
Exaltando ánimos masculinos morbosos
siempre impregnados del deseo sexual que les punza
con frecuencia tenaz.
La adolescente, de pequeños senos crecientes,
aburrida en el recreo,
descubre un arbusto cuyas flores son pequeñas rosas rojas.
Su atención, siempre dispersa,
al fin encuentra algo placentero en que posarse.
Quiere poseer el encanto de la flor,
ser así, sencilla y hermosa, pequeña y fascinante,
simple como el rumor de un ave
que produce un deleite sutil, como de caricia.
La corta del arbusto,
y hace pasar el pequeño tallo por el ojal, del botón
que no cierra, de su blusa sport del uniforme.
Entonces, la sabia maestra de literatura, siempre engolada,
con su gesto de perdonavidas, la descubre y le grita:
¡Pareces piruja!.
La chica, enrojece de vergüenza, miedo y estupor,
más por la actitud de la maestra que por
lo dicho, pues desconoce la semántica de esa palabra.
Guarda la rosita en su mochila y corre a su casa.
Pregunta a su madre,
-¿qué es una piruja?-
- Ay, pues una puta, m’hijita-
-¿cómo las que se paran en Tlalpan?-
-Sí, esas.-
Ella va a la calle de Tlalpan,
testigo de innumerables encuentros,
transacciones de placer,
urdidora de historias sórdidas de depravación y lujuria,
hambre y miseria.
Observa a las mujeres,
pero ninguna lleva una rosita roja en el ojal,
ni siquiera tienen un ojal, todas van muy escotadas,
pintadas, con ropas que las ciñen,
que hacen parecer que sus senos van a explotar.
-¿Por qué me diría eso la profa Diéguez?-, se pregunta.
Levanta los hombros y
manda al diablo a la “piruja” de la profesora de literatura,
que siempre les habla de la belleza del lenguaje.
Acaba de enriquecer su vocabulario.
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