carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
El cuerpo es homicida de caprichos.
Nada quiere que los ojos no vean.
El sonido, inextenso como es,
por el cuerpo y para el cuerpo escucha.
La sensación pregunta sus raíces.
Se olfatea, se vibra en su latido,
se desplaza desde un aquí
hasta su allá secuencial
de acervo causativo.
El cuerpo me libera y yo lo amo
porque según se yergue desde sí
me desata, me entrega sus banderas
con poderoso mecanismo liberante,
entitativo, soberano, traviezamente hábil,
sinceramente tierno desde su biología.
Yo no quiero ser pez,
no anduve con serpientes.
Tan sólo soy humano,
hermano de los bronquios,
rey y sacerdote de mis tantas costillas,
hijo del sol varonil en la esperma viajera
que se evifica desde la luna hermosa
de la mujer que amo.
Más allá del hombre ni me encuentro yo
ni podrá encontrarme nadie.
Lo que soy crece hereditariamente
para que yo sea libre, a pesar de la muerte
y me llene de amor, mundanizado.
Mi cuerpo no es la tumba del que soy;
mi cuerpo es la experiencia liberante.
Nada quiere que los ojos no vean.
El sonido, inextenso como es,
por el cuerpo y para el cuerpo escucha.
La sensación pregunta sus raíces.
Se olfatea, se vibra en su latido,
se desplaza desde un aquí
hasta su allá secuencial
de acervo causativo.
El cuerpo me libera y yo lo amo
porque según se yergue desde sí
me desata, me entrega sus banderas
con poderoso mecanismo liberante,
entitativo, soberano, traviezamente hábil,
sinceramente tierno desde su biología.
Yo no quiero ser pez,
no anduve con serpientes.
Tan sólo soy humano,
hermano de los bronquios,
rey y sacerdote de mis tantas costillas,
hijo del sol varonil en la esperma viajera
que se evifica desde la luna hermosa
de la mujer que amo.
Más allá del hombre ni me encuentro yo
ni podrá encontrarme nadie.
Lo que soy crece hereditariamente
para que yo sea libre, a pesar de la muerte
y me llene de amor, mundanizado.
Mi cuerpo no es la tumba del que soy;
mi cuerpo es la experiencia liberante.