ivoralgor
Poeta fiel al portal
Dejé la cama. Llovía esa mañana. Mariana estiraba su desnudez bajo las sábanas. Quería un café humeante para empezar el día. No me puse las pantuflas y el piso estaba frío. Me puse el pijama y caminé hasta la pequeña cocina. La lluvia golpeaba el cristal con fuerza. El teléfono celular vibraba. ¿Quién estará jodiendo tan temprano?, pensé vertiendo el café humeante en una taza que decía Love You. Con algo de enojo vi el mensaje que había llegado: ¿Por qué me engañaste? Mi corazón empezó a latir desbocado. El frío del piso subió rápidamente hasta mi cabeza, recorriendo mi cuerpo con un escalofrío atroz. ¡Maldita sea! Me habían descubierto y no quería que las cosas cambiaran. Mi relación con Mariana era perfecta en el anonimato: sólo ella y yo.
Mariana se acercó a mí y me dio un beso. ¿Pasa algo?, preguntó sorbiendo el café de la taza. Se veía hermosa. Quise mentirle, pero no pude; a ella jamás le mentía. Julián ya sabe de nosotros, respondí. Sus dedos rozaron mi mano y sonrió complacida. Ella quería gritar a los cuatro vientos nuestra relación, pero yo se lo había impedido. Ya no tenemos porque escondernos, mi amor, dijo mordiéndome los labios. Sabía que Julián entendería la situación; la que me preocupaba era Paola, ella me odiaría. El teléfono sonó. Era Julián. ¡Mentirosa!, dijo iracundo, ¡eres una puta mentirosa! Mi corazón se hizo estrecho. Se me hizo un nudo en la garganta. No me grites, dije con firmeza, que soy tu madre, y, me respetas. Mariana regresó al cuarto. No te quiero volver a ver, fue lo último que escuché. Miré por la ventana y la lluvia no cedía. Paola, pensé mientras escurrían mis lágrimas, es mujer y me entenderá.
Mariana se acercó a mí y me dio un beso. ¿Pasa algo?, preguntó sorbiendo el café de la taza. Se veía hermosa. Quise mentirle, pero no pude; a ella jamás le mentía. Julián ya sabe de nosotros, respondí. Sus dedos rozaron mi mano y sonrió complacida. Ella quería gritar a los cuatro vientos nuestra relación, pero yo se lo había impedido. Ya no tenemos porque escondernos, mi amor, dijo mordiéndome los labios. Sabía que Julián entendería la situación; la que me preocupaba era Paola, ella me odiaría. El teléfono sonó. Era Julián. ¡Mentirosa!, dijo iracundo, ¡eres una puta mentirosa! Mi corazón se hizo estrecho. Se me hizo un nudo en la garganta. No me grites, dije con firmeza, que soy tu madre, y, me respetas. Mariana regresó al cuarto. No te quiero volver a ver, fue lo último que escuché. Miré por la ventana y la lluvia no cedía. Paola, pensé mientras escurrían mis lágrimas, es mujer y me entenderá.