edwin357
Poeta fiel al portal
Llegó la Hora
Sábado por la noche, otro día esperado con ansias después del viernes,
entumecido por las acciones vibrantes de una cama,
siluetas unidas en su cambio continúo de poses.
Pero, ¿será esto cierto? O son solo sueños
mojados permitidos por el cerebro,
cediendo que se produzca lo que la conciencia quiere,
en su antojo por percibir lo que anhela.
Sueños premeditados, analizando cada centímetro
para no malgastar pulgada alguna de aquella figura
bien bordada ante los ojos que esperan, contradiciendo
las leyes escritas, quién sabe por quién de que los
amigos solo son eso, sin que se les permita admirar
con detalle aquella efigie. Pero no,
si la acción ha comenzado.
La tiene postrada a la pared; las caricias toman lugar,
experimentando cada tacto que le permite su boca
sin dejar paso a huecos. Se escuchan los gemidos
de aquellos pájaros
nocturnos mientras baja.
La levanta llevándola a su lecho, quita con sus dientes aquello
que atraviesa su cintura, quedando libre al roce, mientras
su lengua se aproxima a saborear el galillo oculto en su “garganta”,
apresurándose ella al mordisco
de sus propios labios.
Su agua espesa es la señal que permite que se
abran las puertas del alba, siendo pertinente su entrada;
muerde la almohada, rasguña el colchón, está en el punto
exacto donde el volcán puede eructar. Más cambia de postura,
inclinando su cabeza a la cama,
su cadera levantada un poco más que su abdomen.
Se escucha el estruendo de una cama que rechina
por aquellos movimientos de cuerpos calurosos,
experimentando aquel vaivén, haciendo que se produzca
la salida de la miel tan esperada,
la que hace que los cuerpos se tornen cansados.
Ya los días no tienen nombres; lo hacen a su entero antojo,
en la búsqueda por satisfacer sus deseos carnales.
Sábado por la noche, otro día esperado con ansias después del viernes,
entumecido por las acciones vibrantes de una cama,
siluetas unidas en su cambio continúo de poses.
Pero, ¿será esto cierto? O son solo sueños
mojados permitidos por el cerebro,
cediendo que se produzca lo que la conciencia quiere,
en su antojo por percibir lo que anhela.
Sueños premeditados, analizando cada centímetro
para no malgastar pulgada alguna de aquella figura
bien bordada ante los ojos que esperan, contradiciendo
las leyes escritas, quién sabe por quién de que los
amigos solo son eso, sin que se les permita admirar
con detalle aquella efigie. Pero no,
si la acción ha comenzado.
La tiene postrada a la pared; las caricias toman lugar,
experimentando cada tacto que le permite su boca
sin dejar paso a huecos. Se escuchan los gemidos
de aquellos pájaros
nocturnos mientras baja.
La levanta llevándola a su lecho, quita con sus dientes aquello
que atraviesa su cintura, quedando libre al roce, mientras
su lengua se aproxima a saborear el galillo oculto en su “garganta”,
apresurándose ella al mordisco
de sus propios labios.
Su agua espesa es la señal que permite que se
abran las puertas del alba, siendo pertinente su entrada;
muerde la almohada, rasguña el colchón, está en el punto
exacto donde el volcán puede eructar. Más cambia de postura,
inclinando su cabeza a la cama,
su cadera levantada un poco más que su abdomen.
Se escucha el estruendo de una cama que rechina
por aquellos movimientos de cuerpos calurosos,
experimentando aquel vaivén, haciendo que se produzca
la salida de la miel tan esperada,
la que hace que los cuerpos se tornen cansados.
Ya los días no tienen nombres; lo hacen a su entero antojo,
en la búsqueda por satisfacer sus deseos carnales.
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