Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Llegó la noche, una noche perfecta. El atardecer, entre bromas, fue cultivando un ambiente de intimidad ayudado por las gélidas temperaturas y el murmullo de la lluvia que no dejaba de acariciar el tejado y de chapotear en los charcos que nos circundaban.
Posiblemente, ese día, sentimos la protección que nos brindaba el abrigo del refugio de montaña y el guardián de las emociones se relajó. No nos importó que pudieran salir a relucir nuestras imperfecciones, ni reconocer que nos provocábamos el uno al otro, y que eso estaba bien.
Había confianza.
Y con confianza nos fuimos acercando uno a otro y lejos de chocar, entre tonterías, nos enlazamos, y el temor al ridículo hizo amago de separarnos, y la gravedad, la atracción de las masas o la propia necesidad nos volvieron a juntar. Entre frase y frase fuimos quitándonos la ropa horas antes de tener que hacerlo. Nuestra edad, aunque para algunos pudiera parecer considerable, no nos supuso más merma que a cualquier colegial: nervios, inseguridad, dudas, presunciones, fantasías, que se dejaron entrever enmascaradas detrás de una jovialidad inusitada.
El no puedo perdió todo su protagonismo y el querer dictó sus leyes. Como guiados por el guión de una de las canciones de Edith Piaf, nos abandonamos, se nos fue la cabeza, la felicidad no fue más que cosa de dos, y seguimos dando vueltas entrelazados por el pensamiento. Sin saber de qué manera, los espacios se fueron acotando y el tiovivo de la vida nos empujó al recinto de la feria (llámese habitación para abreviar), carente de atracciones hasta entonces. Y seguimos dando vueltas prendidos de nuestros cuerpos.
En ese momento adivinamos que nos querríamos para siempre, por arriesgada que fuera tal suposición.
Y llegó el alba, oportuna y puntual, para recordarnos que nuestros sueños habían sido reales, y nos sorprendió abrazados, respirando de nuestros sudores y en silencio.
Yo estaba ya despierto; no quería perderme ni el más mínimo detalle, ni el más breve momento, alargando mis brazos, encogiendo mi cuerpo con el humano fin de contactar con toda ella, despacio y en silencio, para no molestar. Contorsionándome para mejor encajar en el hueco de su vida.
Después me volví a dormir.
Volví a despertarme bien despuntada la jornada, herido por un rayo de sol que provocó que me agazapase más a ella. No quería ser molestado ni por el astro rey. Mi pequeña acometida la despertó y ella, escabulléndose debajo de la manta, apoyó su cabeza en mi pecho. Orgásmica postura después de tanto placer. Que deseara por almohada a este saco de huesos produjo un gran efecto sobre mí. Hizo que me creyera la persona más feliz del mundo, la más saludable, la mejor remunerada; un príncipe, un rey, un Dios. No eché de menos ni a los creyentes que se supone debe tener cualquier Dios que se precie.
Mis pulmones, disminuidos por el tabaco, se ensancharon para acomodar otro corazón en mi pecho. Levantando el embozo suavemente, o lo que quedaba de él, le dije algo parecido a aquello de Hola Caperucita, y no añadí nada más. Ella me abrazó a la altura de los michelines y rugiendo con dulzura mordió delicadamente mis costillas, y a mí me pareció haber vivido con anterioridad aquellos momentos. Seguro que fue en sueños.
La cara de tontos no se nos fue en semanas. A mí en particular me duró años. Las nubes me parecían graciosa, el sol espléndido, el frío acogedor, el calor insinuante, la lluvia un aliado, el viento una brisa, los días preámbulos y las noches un espectáculo apto para mayores de dieciochos. Íbamos, veníamos, y al cruzarnos siempre nos rozábamos más de la cuenta, y menos de lo que yo me hubiese rozado. No perdíamos el apetito; la vida era sabrosa y comimos de ella. Y bebimos a sorbos de sus manantiales; ¡Qué digo a sorbos!, a tragos interminables y, aunque suene a redicho, embriagadores. Así nos ha durado tanto la borrachera. Hoy mismo, al acercarme a ella a hurtadillas para cogerla de la cintura y besarle el cuello, he sentido una fogosidad y un mareo que no sé muy bien a qué achacarlos. ¿Será mi cuerpo o los años que pasaban y han saludado?