Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Llueve el cielo ebrio sobre los patios y las playas. Sin embargo la gente corre, no sabe mojarse, no te ven. Vas descalza pisando la grava humilde; vas callando a los guijarros mojados que se besan en al arena, mientras las algas de mis manos acarician el sesgo de tu pie. Camina tu nostalgia pura y desnuda, pivota como ventanas en la borrasca de pájaros sin ramas. Los buitres del frío se roban la piel blanca de tus muslos, y no hacen más que llover en la memoria tu soledad helada. Tu pecho tiembla como las hojas verdes con el golpe de las gotas, se aprieta contra el mío mientras se inunda el alma. Y yo no sé, esta lluvia, ella enronquece en el lodo final al nombrarte, como un animal herido ovillándose contra los tallos. Llueves inclinada en el corazón apretujado; entre palabras baldías te construyo desde la tristeza que baja de tus hombros, y me llega tu mirada mustia; y ha caído la noche estibando sus deseos.