Flavio Hugo Ruvalcaba
Poeta adicto al portal
Un ónix con hervor nada en el aire.
Un lirio de picada y zigzagueante.
La clara gravedad vuela los vidrios
de los árboles a los edificios.
Por la tarde la noche se revienta
pensativa y flexible y algo aérea.
Caen los huesos, los dientes de las nubes
bajan y hielan ligeros y de bruces,
y la noche se enciende de luciérnagas,
y la noche se anida entre sus velas,
mojada y de locura, a pulso vivo,
la noche en su silencio interrumpido.
Esta ciudad en el festín se mueve
y el estupor del alma nos detiene.
Un lirio de picada y zigzagueante.
La clara gravedad vuela los vidrios
de los árboles a los edificios.
Por la tarde la noche se revienta
pensativa y flexible y algo aérea.
Caen los huesos, los dientes de las nubes
bajan y hielan ligeros y de bruces,
y la noche se enciende de luciérnagas,
y la noche se anida entre sus velas,
mojada y de locura, a pulso vivo,
la noche en su silencio interrumpido.
Esta ciudad en el festín se mueve
y el estupor del alma nos detiene.
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