Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
En la lluviosa huella de los charcos
concentró su destello aquella nube
que era sombra y blancura
-concomitante aurora para el espantapájaros-,
dictó geometría climática y asceta,
inaudible sopor de las amígdalas
-metafísica insomne de tu atmósfera-,
que camina por ruidos y visiones
en los que la estación ruinosa y baladí
-ayer grité una lengua-
reducida al impuesto celestial,
zozobraba por todos mis sentidos
-astro(s)labios-,
donde -dónde- se estiran las goteras,
hasta tallar su luz.
Son historias de fuentes desoladas
-y de apaciguadores guturales-,
son tiempos oscilantes entre tú y esta sed contracorriente
-los colores primarios del vacío-,
en los que el agua asusta a las palomas
y mis flashes son fruto del instinto
-sobrevivo al gemir de tu hemisferio-.
¿Quién me inunda de tez para llorarme?
-pruebas circunstanciales del olvido-.
concentró su destello aquella nube
que era sombra y blancura
-concomitante aurora para el espantapájaros-,
dictó geometría climática y asceta,
inaudible sopor de las amígdalas
-metafísica insomne de tu atmósfera-,
que camina por ruidos y visiones
en los que la estación ruinosa y baladí
-ayer grité una lengua-
reducida al impuesto celestial,
zozobraba por todos mis sentidos
-astro(s)labios-,
donde -dónde- se estiran las goteras,
hasta tallar su luz.
Son historias de fuentes desoladas
-y de apaciguadores guturales-,
son tiempos oscilantes entre tú y esta sed contracorriente
-los colores primarios del vacío-,
en los que el agua asusta a las palomas
y mis flashes son fruto del instinto
-sobrevivo al gemir de tu hemisferio-.
¿Quién me inunda de tez para llorarme?
-pruebas circunstanciales del olvido-.