Leonardo I.
Poeta recién llegado
Yo, a pesar de no ser novia, ni mucho menos mujer, tengo velo en algunas tardes, es blanco y sus hilos como agujas (o viceversa). Se me ocurre que me esconde de ti o tal vez sea que me esconde de mi, o puede ser que de los dos arremolinados.
Tengo un velo, frío en las tardes, tal vez frío en las noches y, con suerte, frío en las mañanas. Me hace una suerte de laguna en el estacionamiento, como con peces, de esos que les echas comida de perro y hacen burbujas en la superficie. Por algún cúmulo de factores desconocidos parece chocar con el techo y cae en formas extrañas que lo dejan como granizo. No me deja ver más allá que dos cuadras. Arrastra las hojas secas, y tapan los desagües, y me hacen mojarme los pies.
Pero mi velo se lo lleva la brisa, y tal vez su propio cansancio de no sé qué. Me deja un arcoíris de aceite de carro, montañas azuladas, olor a tierra, silencio y, como si no le gustara verme tranquilo, a ti.
Tengo un velo, frío en las tardes, tal vez frío en las noches y, con suerte, frío en las mañanas. Me hace una suerte de laguna en el estacionamiento, como con peces, de esos que les echas comida de perro y hacen burbujas en la superficie. Por algún cúmulo de factores desconocidos parece chocar con el techo y cae en formas extrañas que lo dejan como granizo. No me deja ver más allá que dos cuadras. Arrastra las hojas secas, y tapan los desagües, y me hacen mojarme los pies.
Pero mi velo se lo lleva la brisa, y tal vez su propio cansancio de no sé qué. Me deja un arcoíris de aceite de carro, montañas azuladas, olor a tierra, silencio y, como si no le gustara verme tranquilo, a ti.