NIÑA DE TIERRA
Poeta fiel al portal
La confusión de mi extravagante experiencia con aquella planta
ha dejado en mi memoria la secuela de la desesperación.
Apenas me atrevo a recordarlo
Lo cierto es que sucedió,
y aquello que una vez se imprime en las páginas de la vida
no puede borrarse con un simple acto de memoria caprichosa.
Al principio parecía normal,
una planta como tantas otras
que respiran el aire de mi jardín,
que reciben el sol fulgoroso de los días de verano
y el fresco rocío de las mañanas de otoño
nada que pudiera sobresaltar el pánico
de una caminata sin presura
por el sendero de aquel patio de atrás.
Hasta que, sin saber cómo, se tornó en mi planta preferida.
Quizá yo me sentía sola, triste,
vagando en el desconsuelo de un ayer en penumbras,
que sin pensarlo la volví en mi auditorio
le hablé todos los ocasos, mientras la regaba,
mientras limpiaba la tierra de sus hojas,
mientras mis lágrimas calientes corrían por su tallo,
humedeciendo aún más la tierra de su maceta
hasta que se transformó casi en un ritual.
Los atardeceres se cubrían con la oscuridad de la noche,
pasaban un rato las estrellas,
hasta que se sentía nuevamente el calor del nuevo día
y yo seguía junto a ella,
sin darme cuenta del pasar del tiempo
hablándole, contándole, llorándole sin finales
a una simple plantita de jardín.
Las otras se secaron,
se murieron por falta de cuidados
ni me percaté de su perecencia.
Porque algo nuevo dominaba mi vida.
Alguien me escuchaba con la sumisa paciencia
con la que un libro virgen espera a que lo lean,
olvidado en un estante muy lejano, en el fondo de un placard.
Y de pronto, algo horroroso comenzó a suceder.
Las hojas de mi planta sutilmente empezaron a cambiar
hasta adoptar la forma de pequeñas manitos
manitos que se movían intentando tocar.
Y cuando llegó la primavera,
la planta también quiso dar flores,
unas flores muy particulares,
que a medida que se abrían ante mis atónitos ojos desorbitados
esbozaban los perfectos rasgos de un rostro,
con extraños gestos de simpatía, de amistad, de picardía
Sin saber qué era todo aquello
corrí despavorida hasta el escondite de dónde escribo,
preguntándome con temor si aquella planta,
en sus disimuladas raíces,
no tendrá un par de pequeños piecitos también,
que le permitan desplazarse y encontrarme
quien sabe con qué morbosa intención,
para tocarme, mirarme, para compartir ella conmigo
la fascinante realidad de las cosas que no pueden ser.
ha dejado en mi memoria la secuela de la desesperación.
Apenas me atrevo a recordarlo
Lo cierto es que sucedió,
y aquello que una vez se imprime en las páginas de la vida
no puede borrarse con un simple acto de memoria caprichosa.
Al principio parecía normal,
una planta como tantas otras
que respiran el aire de mi jardín,
que reciben el sol fulgoroso de los días de verano
y el fresco rocío de las mañanas de otoño
nada que pudiera sobresaltar el pánico
de una caminata sin presura
por el sendero de aquel patio de atrás.
Hasta que, sin saber cómo, se tornó en mi planta preferida.
Quizá yo me sentía sola, triste,
vagando en el desconsuelo de un ayer en penumbras,
que sin pensarlo la volví en mi auditorio
le hablé todos los ocasos, mientras la regaba,
mientras limpiaba la tierra de sus hojas,
mientras mis lágrimas calientes corrían por su tallo,
humedeciendo aún más la tierra de su maceta
hasta que se transformó casi en un ritual.
Los atardeceres se cubrían con la oscuridad de la noche,
pasaban un rato las estrellas,
hasta que se sentía nuevamente el calor del nuevo día
y yo seguía junto a ella,
sin darme cuenta del pasar del tiempo
hablándole, contándole, llorándole sin finales
a una simple plantita de jardín.
Las otras se secaron,
se murieron por falta de cuidados
ni me percaté de su perecencia.
Porque algo nuevo dominaba mi vida.
Alguien me escuchaba con la sumisa paciencia
con la que un libro virgen espera a que lo lean,
olvidado en un estante muy lejano, en el fondo de un placard.
Y de pronto, algo horroroso comenzó a suceder.
Las hojas de mi planta sutilmente empezaron a cambiar
hasta adoptar la forma de pequeñas manitos
manitos que se movían intentando tocar.
Y cuando llegó la primavera,
la planta también quiso dar flores,
unas flores muy particulares,
que a medida que se abrían ante mis atónitos ojos desorbitados
esbozaban los perfectos rasgos de un rostro,
con extraños gestos de simpatía, de amistad, de picardía
Sin saber qué era todo aquello
corrí despavorida hasta el escondite de dónde escribo,
preguntándome con temor si aquella planta,
en sus disimuladas raíces,
no tendrá un par de pequeños piecitos también,
que le permitan desplazarse y encontrarme
quien sabe con qué morbosa intención,
para tocarme, mirarme, para compartir ella conmigo
la fascinante realidad de las cosas que no pueden ser.