Lo hizo mi abuelo.

Histrión

Poeta recién llegado
I

Es curioso cómo la palabra armar y amar se parecen tanto. No puede ser casualidad.

Hace mucho, pero mucho en realidad, mi abuelo, que me sabe poeta, por no tener mejores maneras, con sus propias manos un escritorio me armó. Zurcos en las tablas fueron la evidencia de su poco talento y torpe destreza, casi torpeza. Pieza por pieza le armó.

Pero las cicatrices en sus manos fueron la evidencia de su amor infinito. Era un escritorio amplio, algo torcido, tirando a chueco, pero se mantenía en pie; y como digo, era muy espacioso. Yo diría que todos mis cuadernos si cabían encima. Que aguantara la tabla el peso, sería otra cosa, que nunca me arriesgué a intentar.

Cómo lo quiero yo a mi abuelo. El escritorio le quedó endeble, pero su amor por mí le daba solidez a la pobre mesa.
Tampoco me importaron los zurcos mal cortados, pues más bien pronto tracé yo mismo más zurcos sobre la madera con el incesante ir y venir de plumas, lápices y carboncillos, cuyos punzares atravesaban el papel y herían sutilmente la tabla.

-Abuelo, pero ¿con qué va tapar el hueco del techo cuando llueva? -pregunté cuando me enseñó el escritorio terminado por primera vez. Su cabaña era de madera destartalada, y habia arrancado un trozo a ésta para armar éste.

-No te preocupes, hijo. -Dijo. Le gustaba llamarme hijo. - Cuando llueva, en vez de poner la tabla, tu podrás leerme cuentos que habrás escrito, y si la lluvia no me mojara las mejillas, lloraré de alegría con cada uno de tus poemas...

-Pero ¿y el viento, abuelo?

-¿Qué me importa a mi un poco de viento cuando tú, con tus relatos fantásticos, me harás volar?

Entonces, por sus palabras me di cuenta que quizás el abuelo es más poeta que yo.

II
Abuelo, te extraño. Te extraño. Mucho.

Va para un año ya que no siento tu abrazo ni te escucho silbar melodías por las mañanas. Cuando despierto, ya no es el perfume del café con leche lo primero que huelo; cuando me acuesto por las noches, soy yo el que tiene que apagar el fogón, batir las piedras y soplar la vela. Tu lancha yace solitaria y triste, encallada, dormida silenciosamente, casi en coma, esperando tu regreso. Ella, como yo, es paciente. Sabemos que volverás.

Extraño tu cariño dulce, tus consejos sabios. Tu cabellera blanca pero tu alma más... extraño todo cuanto eras aquí, y cuestiono todo cuanto serás allá donde quiera que estés.

Abuelo, un solo amigo me dejaste. El escritorio. En él, tu espíritu vive y me da consuelo; en mis tristezas me acurruco frente a él y mientras tu me dictas yo escribo.

Adios, abuelo.
 
Última edición:
cuanto se les hecha de menos cuando no los tenemos cerca, verdad? ayyyy, sigue escribiendo que lo haces con mucho sentimiento. Abrazos
 
I

Es curioso cómo la palabra armar y amar se parecen tanto. No puede ser casualidad.

Hace mucho, pero mucho en realidad, mi abuelo, que me sabe poeta, por no tener mejores maneras, con sus propias manos un escritorio me armó. Zurcos (surcos) en las tablas fueron la evidencia de su poco talento y torpe destreza, casi torpeza. Pieza por pieza le armó.

Pero las cicatrices en sus manos fueron la evidencia de su amor infinito. Era un escritorio amplio, algo torcido, tirando a chueco, pero se mantenía en pie; y como digo, era muy espacioso. Yo diría que todos mis cuadernos si cabían encima. Que aguantara la tabla el peso, sería otra cosa, que nunca me arriesgué a intentar.

Cómo lo quiero yo a mi abuelo. El escritorio le quedó endeble, pero su amor por mí le daba solidez a la pobre mesa.
Tampoco me importaron los zurcos(surcos) mal cortados, pues más bien pronto tracé yo mismo más zurcos(surcos) sobre la madera con el incesante ir y venir de plumas, lápices y carboncillos, cuyos punzares atravesaban el papel y herían sutilmente la tabla.

-Abuelo, pero ¿con qué va tapar el hueco del techo cuando llueva? -pregunté cuando me enseñó el escritorio terminado por primera vez. Su cabaña era de madera destartalada, y habia(había) arrancado un trozo a ésta para armar éste.

-No te preocupes, hijo. -Dijo. Le gustaba llamarme hijo. - Cuando llueva, en vez de poner la tabla, tu (tú) podrás leerme cuentos que habrás escrito, y si la lluvia no me mojara las mejillas, lloraré de alegría con cada uno de tus poemas...

-Pero ¿y el viento, abuelo?

-¿Qué me importa a mi un poco de viento cuando tú, con tus relatos fantásticos, me harás volar?

Entonces, por sus palabras me di cuenta que quizás el abuelo es más poeta que yo.

II
Abuelo, te extraño. Te extraño. Mucho.

Va para un año ya que no siento tu abrazo ni te escucho silbar melodías por las mañanas. Cuando despierto, ya no es el perfume del café con leche lo primero que huelo; cuando me acuesto por las noches, soy yo el que tiene que apagar el fogón, batir las piedras y soplar la vela. Tu lancha yace solitaria y triste, encallada, dormida silenciosamente, casi en coma, esperando tu regreso. Ella, como yo, es paciente. Sabemos que volverás.

Extraño tu cariño dulce, tus consejos sabios. Tu cabellera blanca pero tu alma más... extraño todo cuanto eras aquí, y cuestiono todo cuanto serás allá donde quiera que estés.

Abuelo, un solo amigo me dejaste. El escritorio. En él, tu espíritu vive y me da consuelo; en mis tristezas me acurruco frente a él y mientras tu me dictas yo escribo.

Adios (Adiós), abuelo.

Emotiva prosa que muestra el amor que le sientes e esa persona que ya no esta.
Es un escrito con mucha sensibilidad.
Me gustó leerte.

Hay unos pequeños detalles que te los marqué.

Un abrazo.
 

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