Pescador nublado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Solo se necesita ver a los ojos de un ave
para acceder a una verdad incuestionable,
a veces se nos va el tiempo en buscar dónde perdernos.
Necesitaríamos conocer a alguien
que usa un reloj que ya no funciona
para entender que para lo que unos es un laberinto
para otros resulta ser el único hogar que conocen.
Tendríamos que leer de nuevo la correspondencia atrasada
para darnos cuenta que un día entregaríamos
aquello que creíamos que nunca íbamos a perder.
De haber confundido nuestro rostro en una fotografía vieja
nos daríamos cuenta que la voz es nuestra obra incompleta,
algo que va mutando con el paso de los años
y que no muestra su color verdadero hasta que sus días están por terminarse.
Necesitaríamos recuperar todas las noches en que no pudimos dormir
para darnos cuenta que hay encuentros perecederos.
Que las primeras palabras que alguien nos dirigió
define la forma del vacío que dejarán detrás de ellos.
Tendríamos que deshacernos del frío que deja el tacto de la suerte
para darnos cuenta que hay tanta verdad
como en un animal tratando de hallar su hogar en la ciudad
como en un hombre que mira a su lado y olvida a quién buscaba.
Sólo se necesita ver a los ojos de un ave.
Para darnos cuenta de que nadie podrá curar la herida del mar,
para saber que a veces las calles cambian de sentido sin que nos demos cuenta,
para darnos cuenta de que nuestras palabras no nos pertenecen,
para comprender que no todos los lugares aparecen en los mapas.
para acceder a una verdad incuestionable,
a veces se nos va el tiempo en buscar dónde perdernos.
Necesitaríamos conocer a alguien
que usa un reloj que ya no funciona
para entender que para lo que unos es un laberinto
para otros resulta ser el único hogar que conocen.
Tendríamos que leer de nuevo la correspondencia atrasada
para darnos cuenta que un día entregaríamos
aquello que creíamos que nunca íbamos a perder.
De haber confundido nuestro rostro en una fotografía vieja
nos daríamos cuenta que la voz es nuestra obra incompleta,
algo que va mutando con el paso de los años
y que no muestra su color verdadero hasta que sus días están por terminarse.
Necesitaríamos recuperar todas las noches en que no pudimos dormir
para darnos cuenta que hay encuentros perecederos.
Que las primeras palabras que alguien nos dirigió
define la forma del vacío que dejarán detrás de ellos.
Tendríamos que deshacernos del frío que deja el tacto de la suerte
para darnos cuenta que hay tanta verdad
como en un animal tratando de hallar su hogar en la ciudad
como en un hombre que mira a su lado y olvida a quién buscaba.
Sólo se necesita ver a los ojos de un ave.
Para darnos cuenta de que nadie podrá curar la herida del mar,
para saber que a veces las calles cambian de sentido sin que nos demos cuenta,
para darnos cuenta de que nuestras palabras no nos pertenecen,
para comprender que no todos los lugares aparecen en los mapas.
Última edición: