Lo último

Chris Ordoñez

Poeta recién llegado
Fue aquí donde deje cada pensamiento agotador corriendo lentamente fuera de mi, en ese escritorio frívolo y ese papel burdo, ajado y rayado. Podía contemplar tranquilamente la noche que me ofrecía una luna menguante sin nubes, un brillo insignificante en la ventana y el fino humo de la vela reposada en el stand.

Mis manos tiemblan, un poco de sudor me devuelve la humanidad que perdí hace un momento, el sillón es cómodo, el polvo del recinto ha calmado la turbulencia desenfrenada en la que se agitaba y el olor de la pólvora invade mis pulmones. La vela se ha apagado.

Allí está la luna semipresente, la débil luz se filtra por la ventana y la persiana al suelo de madera, revelando ante mis ojos aquel hermoso brillo escarlata y su piel pálida, sus ojos marchitos, sus labios descoloridos, sus cabellos castaños y la flor carmesí en su pecho bañando enteramente su cuerpo.

Estoy agotado, sin prejuicios, sin pasado, sin futuro. Estoy susurrándole al lado oscuro de la luna para permitirme viajar al firmamento, porque hacia su luz viajará ella, la efímera mujer que yace apagada bajo mis pies.
 

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