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Los dueños del cotarro-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Con un cablecito

iba partiendo los ladrillos

energúmeno y todo

prefería vérselas

con estos utensilios.

Con un trozo de esparto

vencía a los gigantes

que se interponían en su camino,

obligado a escupir

los iconos santos de la iglesia.

Herejías y blasfemias aparte,

deducía de sus ricos intereses,

la parte correspondiente

de su herencia y bienes.

Era el chico un buen partido.

Bien parecido, elegante, rico

y suavemente edulcorado

con teje manejes de sus pobres

padres.

Con varios gañanes como él,

propuso al ayuntamiento hacerse

con una pandilla de mediocres

que apalearan a empresarios

con sus buenas doncellas y dotes.

En fin, todos prefirieron

unirse al sindicato de los muertos

vivientes, para evitar y eludir

cárceles, presidios, y síndromes

de Estocolmo parecidos.

La argolla de la cadena

se la echaron un buen día

cuando y por sorpresa

un amante de la guardia civil,

les dijo que el mundo no era

suyo. Entonces, y cogiendo

un sable de dentaduras similares,

un borrico de tamaño cafre,

les espetó en plena cara

''ustedes no son domeñables''.

Domesticados y sibilinos,

agentes del prototipo ''sálvese

quién pueda'', les gustó aquello

de tener las bolas en mitad

del precipicio, ocultando

sus prepucios en clave

entre las teclas de un piano

suave, suavíssimo.

©
 
Con un cablecito

iba partiendo los ladrillos

energúmeno y todo

prefería vérselas

con estos utensilios.

Con un trozo de esparto

vencía a los gigantes

que se interponían en su camino,

obligado a escupir

los iconos santos de la iglesia.

Herejías y blasfemias aparte,

deducía de sus ricos intereses,

la parte correspondiente

de su herencia y bienes.

Era el chico un buen partido.

Bien parecido, elegante, rico

y suavemente edulcorado

con teje manejes de sus pobres

padres.

Con varios gañanes como él,

propuso al ayuntamiento hacerse

con una pandilla de mediocres

que apalearan a empresarios

con sus buenas doncellas y dotes.

En fin, todos prefirieron

unirse al sindicato de los muertos

vivientes, para evitar y eludir

cárceles, presidios, y síndromes

de Estocolmo parecidos.

La argolla de la cadena

se la echaron un buen día

cuando y por sorpresa

un amante de la guardia civil,

les dijo que el mundo no era

suyo. Entonces, y cogiendo

un sable de dentaduras similares,

un borrico de tamaño cafre,

les espetó en plena cara

''ustedes no son domeñables''.

Domesticados y sibilinos,

agentes del prototipo ''sálvese

quién pueda'', les gustó aquello

de tener las bolas en mitad

del precipicio, ocultando

sus prepucios en clave

entre las teclas de un piano

suave, suavíssimo.

©
SANTO CRISTO REDENTOR. DESIRE
 

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