José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
LOS ECOS DEL SOL...
Tras la ventana en silencio,
absorta, quieres descifrar
los destellos que suceden
incesantes, llenos de luz
y de excitante paz.
Luces de estrellas,
-pequeñas gigantes-
cometas que cabalgan
entre reflejos de plata,
de luna y cristal.
La luna… ¿será la luna?
Será ella quien te seduce
y te espera en el pasto boreal.
Quien te anima a través de la ventana
a perderte con ella entre sus pétalos de luz.
… … …
¿Estás segura que es la Luna?
¿No crees que pueda ser un engaño,
un trampantojo lunar?
Tú crees conocerla,
porque te vela entre telas
con una luz entregada
en esas noches de luna llena
y te guía, y te arropa, y te excita
con ardor en tus sueños.
Tú quieres creerlo…
Pero te olvidas de lo real,
la verdad que no quieres ver
y te agarras al reflejo
de un destello que te atrapa en silencio…
solo es eso, nada más.
La luna te engaña,
sí, ella te engaña.
Se cruza en silencio entre tú y él,
te engatusa, te confunde,
te hipnotiza con esa luz,
con esa luz prestada…
tal vez robada del astro rey.
Es él, el Sol, quien desde la distancia te ama,
te envuelve en silencio
entre ecos de luz atenuada.
Es él quien anhela tu abrazo
y se pierde entre tus brazos
tembloroso de amor y de ti.
Es él, su luz, quien te guía en las noches.
Quien quiere y teme abrazarte,
quien anhela y teme besarte.
Teme que su fuego, que su amor,
se torne en desgracia humeante
y desintegre vuestro idilio amoroso
en ese instante.
Él…
solo puede amarte de noche…
…con el eco del silencio
…con el eco de su luz.