En una noche de efervescentes amoríos, la hija del hidalgo rey va cabalgando por la espesura del bosque encantado. Quiere llegar a tierras francesas; donde lo espera un príncipe normando perdidamente enamorado de ella. Cuando ya la joven noble se acerca al castillo del sujeto embriagado por sus encantos, apura la noche en caer en pálida luz de amanecer eterno. Él, situado en el torreón ancestral desde donde divisa todas las tierras de su imperiosa posesión, la ve a las puertas. Y con un cariño y fulgor de piedad rozando la santa devoción, baja por las escaleras de granito para salir a su encuentro. Mientras ella desmonta, una cohorte de plebeyos se arrodilla ante ella. Como si fuese la misma Virgen María. Le presentan cestas repletas de cerezas, moras y fresas. Pero el pendenciero noble los aparta para dar un efusivo beso de pasión que enardece aún más si cabe los vínculos sagrados que han de llevarlos al magnífico altar del matrimonio.