Poema narrativo
Se encontraron en la penumbra de un jardín secreto,
dos almas que llevaban siglos buscándose sin saberlo.
Él, con la fuerza contenida en sus manos,
ella, con la dulzura temblando en su mirada.
Ninguno habló al principio:
bastó el roce accidental de los dedos
para que todo el universo callara,
para que la luna se quedara inmóvil,
como testigo muda de aquel encuentro.
El aire olía a jazmín,
y en esa fragancia se desnudaron las palabras,
brotando como un río nuevo,
entre la timidez y el incendio de los labios.
Él la miraba como se mira un amanecer
que no se quiere perder;
ella le respondía con el rubor
que desbordaba las fronteras del silencio.
Las horas dejaron de existir.
El tiempo, cansado de medir relojes,
se rindió ante la entrega de sus miradas.
Caminaron despacio,
mezclando pasos como si fueran versos,
a veces intensos, con el pulso desbordado,
a veces suaves, como un susurro de hojas al viento.
En el primer abrazo,
el mundo entero se volvió pequeño,
una gota suspendida en la eternidad.
Él sentía el latido de su pecho
como un tambor de guerra,
pero también como un canto de cuna.
Ella percibía el calor de su aliento
mezclándose con el suyo,
una danza de fuego y ternura
que los envolvía sin promesas,
solo con la certeza del instante.
Besarse fue como abrir un universo,
un relámpago que atravesó sus cuerpos,
y al mismo tiempo
la más delicada caricia
que puede dar el viento al mar.
Había pasión, sí,
pero también una ternura tan honda
que el deseo no ardía con violencia,
sino como llama eterna,
que sabe alumbrar sin consumir.
Entre susurros, hablaron de nada y de todo:
del miedo a perderse,
de los sueños que nunca confesaron,
del temblor de sentirse vivos en aquel ahora.
Y cada palabra era un puente,
cada silencio una ofrenda,
cada mirada un pacto secreto
que los unía más allá de la carne.
En el lecho de la noche,
cuando los cuerpos se buscaron de nuevo,
él fue la tempestad que se desata
y ella, el remanso que calma la tormenta.
Se amaron sin medida,
con la urgencia de lo eterno,
con la suavidad de lo frágil.
Pasión y delicadeza entrelazadas,
como si supieran que amar de verdad
es sostener fuego con manos de cristal.
Al amanecer,
no había cansancio en sus cuerpos,
sino un resplandor nuevo en sus miradas.
Él acarició su cabello como quien reza,
ella besó sus labios como quien agradece.
No prometieron futuro:
sabían que lo habían vivido todo,
y que, al mismo tiempo,
todo estaba por comenzar.
Se encontraron en la penumbra de un jardín secreto,
dos almas que llevaban siglos buscándose sin saberlo.
Él, con la fuerza contenida en sus manos,
ella, con la dulzura temblando en su mirada.
Ninguno habló al principio:
bastó el roce accidental de los dedos
para que todo el universo callara,
para que la luna se quedara inmóvil,
como testigo muda de aquel encuentro.
El aire olía a jazmín,
y en esa fragancia se desnudaron las palabras,
brotando como un río nuevo,
entre la timidez y el incendio de los labios.
Él la miraba como se mira un amanecer
que no se quiere perder;
ella le respondía con el rubor
que desbordaba las fronteras del silencio.
Las horas dejaron de existir.
El tiempo, cansado de medir relojes,
se rindió ante la entrega de sus miradas.
Caminaron despacio,
mezclando pasos como si fueran versos,
a veces intensos, con el pulso desbordado,
a veces suaves, como un susurro de hojas al viento.
En el primer abrazo,
el mundo entero se volvió pequeño,
una gota suspendida en la eternidad.
Él sentía el latido de su pecho
como un tambor de guerra,
pero también como un canto de cuna.
Ella percibía el calor de su aliento
mezclándose con el suyo,
una danza de fuego y ternura
que los envolvía sin promesas,
solo con la certeza del instante.
Besarse fue como abrir un universo,
un relámpago que atravesó sus cuerpos,
y al mismo tiempo
la más delicada caricia
que puede dar el viento al mar.
Había pasión, sí,
pero también una ternura tan honda
que el deseo no ardía con violencia,
sino como llama eterna,
que sabe alumbrar sin consumir.
Entre susurros, hablaron de nada y de todo:
del miedo a perderse,
de los sueños que nunca confesaron,
del temblor de sentirse vivos en aquel ahora.
Y cada palabra era un puente,
cada silencio una ofrenda,
cada mirada un pacto secreto
que los unía más allá de la carne.
En el lecho de la noche,
cuando los cuerpos se buscaron de nuevo,
él fue la tempestad que se desata
y ella, el remanso que calma la tormenta.
Se amaron sin medida,
con la urgencia de lo eterno,
con la suavidad de lo frágil.
Pasión y delicadeza entrelazadas,
como si supieran que amar de verdad
es sostener fuego con manos de cristal.
Al amanecer,
no había cansancio en sus cuerpos,
sino un resplandor nuevo en sus miradas.
Él acarició su cabello como quien reza,
ella besó sus labios como quien agradece.
No prometieron futuro:
sabían que lo habían vivido todo,
y que, al mismo tiempo,
todo estaba por comenzar.