Megara900
Poeta que considera el portal su segunda casa
Pudieron haber transcurrido diez minutos más antes de que decidiera levantarme de aquel sillón en donde aquellos ruidos me rasgaban las entrañas. Me incorporé al tiempo en que buscaba mis zapatos. Lo único que encontré fueron unas zapatillas resbaladizas, pero no podía perder más tiempo. Aún con dolor en los pies, y con toda la certeza de mi propia debilidad, me dirigí a la conspirada escena de mi mente. Allí estaba Gabriela, con sus 55 kilos abalanzada sobre la pobre Amelia, quien tan sólo se cubría de los golpes. Como pude, logré apartar a Gabriela, quien se enfureció más y despotricó infinidad de groserías en mi contra. Después llegó Doña Clara, su madre, que es mi madre también.
Su cara parecía aún más rabiosa que la de Gabriela, y la piel blanquísima de su cara se enrojeció sin límites. Cualquier palabra que dijera no valía más que ese rostro de desprecio. Cerró los puños con fuerza y los dirigió hacia mi persona, y así pude transportarme a unos diez años antes.
Clara sigue siendo la misma persona, esos años no han mermado su fuerza. Pero yo si he crecido, lo suficiente al menos para reprimir sus golpes. Sus dedos son los mismos que retorcían la piel de mis brazos y le concedían variados moretones. Era incluso divertido ver cómo iban cambiando de color, a veces casi al borde de la sangre, y otras tan sólo verdes o azules. Sus puños son aquellos que alguna vez reventaron mis labios. Su nariz aguileña, su color blanco de paloma ahumada, es el mismo que llevo.
Somos los hijos del perdón, los retoños procreados sin amor, semillas que germinaron a la orilla del río a la buena de Dios. Somos el odio de nuestros padres, hecho hueso, hecho carne.
El único anhelo que pudiera acariciar uno es el de ser grande, vivírsela lejos de ellos, los que se avergüenzan de las muchachas que salen con su domingo siete, los que se ríen de la falta de pudor de los rateros, los que sienten piedad de los asesinos y jamás han detenido su mano en contra de un niño.
Su cara parecía aún más rabiosa que la de Gabriela, y la piel blanquísima de su cara se enrojeció sin límites. Cualquier palabra que dijera no valía más que ese rostro de desprecio. Cerró los puños con fuerza y los dirigió hacia mi persona, y así pude transportarme a unos diez años antes.
Clara sigue siendo la misma persona, esos años no han mermado su fuerza. Pero yo si he crecido, lo suficiente al menos para reprimir sus golpes. Sus dedos son los mismos que retorcían la piel de mis brazos y le concedían variados moretones. Era incluso divertido ver cómo iban cambiando de color, a veces casi al borde de la sangre, y otras tan sólo verdes o azules. Sus puños son aquellos que alguna vez reventaron mis labios. Su nariz aguileña, su color blanco de paloma ahumada, es el mismo que llevo.
Somos los hijos del perdón, los retoños procreados sin amor, semillas que germinaron a la orilla del río a la buena de Dios. Somos el odio de nuestros padres, hecho hueso, hecho carne.
El único anhelo que pudiera acariciar uno es el de ser grande, vivírsela lejos de ellos, los que se avergüenzan de las muchachas que salen con su domingo siete, los que se ríen de la falta de pudor de los rateros, los que sienten piedad de los asesinos y jamás han detenido su mano en contra de un niño.
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