En la yerma tierra enervada por un duro sol de estío,los niños huérfanos lloran lágrimas de reconcentrada tristeza inmanente,surcando sus pálidas mejillas para caer en sus bocas famélicas y escarchadas por la falta de agua que remitiría la sed de milagrosa muerte en ciernes.Pero el crepúsculo llega y el astro rey se apaga,dejando paso a la luna llena su puesto.Entonces,tales dramáticos seres se ponen a aullar con una fuerza como la del inteligente lobo negro.Se les presentan las llamas espectrales de sus difuntos padres y ellos,alzando sus manos mustias y arrugadas,claman al cielo eterno para que se los lleven al limbo,que es donde se merecen estar.Pues en una soledad hiriente los han dejado sus viles progenitores cuando el vaho de la nuca destiló en una irremisible musicalidad melancólica de adiós fúnebre y perenne.Dios,de lo alto,vestido de luto,maldice a los infantes,pero éstos,con la conciencia tranquila,van caminando por el corredor de la perdición,en dirección al infinito dolor cósmico que los ha de purificar cuando llegue la hora de su muerte.