El tierno chopo duerme bajo el manto tenebroso de la estrellada noche. A aquel, dos amantes fogosos gravan en su corteza el corazón inmaculado de la pasión ardiente. Es entonces, cuando nuestro árbol despierta de su santo letargo y obnubila los sentidos de los recién casados en llameante amor eterno con una fronda que sacude cenizas de muerto. Mas la pareja, a pesar de quedar embadurnada, se postra de hinojos en el mojado verdín, bajo el arbusto que clama con su silencio delicioso a la música mística de la luna irreverente. La cual, en su plena fase completa irradia mariposas nocturnas sobre la faz hecha una de los novios. Entonces se levantan y, sacudiendo un terso polvo de sus amarillentas caras, van en dirección a la ribera para bañarse desnudos en el río plateado cuyo cauce lleva corazones apuñalados por la arisca traición. Mas ellos, taimados, no se arrancan los suyos por miedo a quedar difuminados en la opaca obscuridad, ya sin lucero ni estrella que han muerto de santa pena.