Los ojos de Dios

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Poeta fiel al portal
Homo sapiens maldito


Eran una cripta
donde el hombre se travestía de sombra,
eran un portal desde donde la inercia
nutría una parte de la vida.
Era una sensación de mirar sin hacerlo
y saber que el brillo de aquellos ojos:
tenía hoguera,
tenía averno,
tenía voz
con su continuo quebrarse de galope
de potros de forma humana
acarreando en su piel el morbo
y llevando en sus pies dos clavos anclados
como naves en la orilla de un puerto.

Los ojos de Dios a veces reflejaban amor
en el fondo se su iris
y figuras de cera:
Reflejaban cuerpos alimentándose del deseo,
eclipses de carne como estrellas en el firmamento
apagándose y encendiéndose
hasta llegar a calcinar la última gota de calor.

Allá en lo profundo de esa mirada
corría el aire de un bosque perdido
de su verde puro
de fondos oxidados de malaquita.
Había el rumor de alas rotas
de plumas desgastadas de picoteos de otoño
y el pelaje de algunas bestias en senderos de hierba.
Tenía también una perla negra en su iris
incinerando hombres con su mirar milenario
y ese fuego alimentaba por un segundo más
un ligero parpadear.

Allá en lo álgido
sus ojos tenían el frio de los picos de los glaciales
frío como la sangre de un pez que vivía bajo su manto helado,
frío como el miedo bajo el filo de la navaja
mientras cortaba en éxtasis un sutil momento de vida.
Allá en lo álgido
su mirada tenía el cristal de un faro,
tenía el ansia de un marinero tragando agua de mar
descendiendo bajo pliegues de agua en una lágrima más
de esos ojos quietos y absortos.

Los ojos de Dios
eran tiernos,
tenían la inocencia del jardín prohibido
y el enigma de la bestia en sus pupilas
despertando continuamente
como cascadas de adrenalina,
buscando donde hundir su colmillo.
Tenían lluvia y ese olor a tierra mojada.
¡Era ese el espejismo más noble de su reflejo!
cayendo un rayo de sol en el ocaso
y entibiando charcos
entumecidos como ovillos de plata
chocando silenciosos hasta venir llegar la alborada.

Los ojos de Dios eran dos canicas olvidadas sin brillo
dos huecos cóncavos y longevos tirados en la avenida
eran un parpado recogido en retazos de lunas difíciles
era medio sol, media lagrima,
en un árido desierto que terminaba de secar
y ver el último trozo de cuero hundido de este ser.



 
Escribes hermosamente lee.
Que ternura en algunos versos que tristeza en otros y cuan grande fue ese amor de Dios.
Felicidades y admiración infinita.

Querida compañera de letras ten una linda noche.

Abrazos siempre luminosos para ti.
 
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Reacciones: lee
Muchas gracias por tu visita pincoya y por las buenas noches. Buenas noches a ti tambien y un fuerte abrazo.
 

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