Évano
Libre, sin dioses.
—¿Dónde está nuestra pasión? ¿Qué nos ha ocurrido con el paso del tiempo?
—No lo sé, pero yo sigo amándote con locura. Quizás seas tú el que ya no me quieres.
La mirada se perdía en las aguas del Mediterráneo. Mientras, los codos aguantaban el peso del cuerpo en la baranda del balcón. Tras él, el viento esparcía por el rostro las lágrimas de María.
"No puedo ser tan ruin, he de decirle la verdad, por mucho que duela" —decía Fausto a las olas que mecían a sus ojos nublados.
—Estoy viéndome con otra mujer, Mari.
María abrazaba sus sollozos, callada.
—Hace casi un año que nos vemos, y estoy enamorado de ella. Queremos vivir juntos —no quiso decir que su amante la había dado un ultimátum. Y creyó demasiado cruel comentarle que era diez años menor que ellos, que con ella revivía una segunda juventud.
—Lo sabía hacía la vista gorda... leí lo de la depresión de los cuarenta de los hombres... esa menopausia vuestra... pero callé callé...
Las gaviotas sobrevolaban la playa y a los pesqueros que volvían de faenar, pero nada ocultaba los llantos y el dolor de una María deshecha.
—No dejaré que le des a esa golfa ni un céntimo de lo que hemos conseguido... hemos luchado mucho... ¡tú lo sabes!, lo sabes... y ¡hemos sufrido demasiado para que una... porque la conozco sabes... he investigado maldita sea!
Las palabras, verdades tan grandes como ese mar inmenso que se postraba a sus pies, entraban por los oídos y dañaban las entrañas, reventando en dolor a esos dos cuerpos tantas veces abrazados.
—Si quieres ir a vivir con ella empieza de cero... estaré de abogados durante años, os amargaré la vida. Si te quiere de verdad se irá contigo con o sin dinero. ¡Te conozco, esa depravada te quitará lo que te lleves y sé perfectamente que tú no opondrás resistencia alguna!
—El culpable soy yo, Mari. Quédate todo lo nuestro, te lo mereces.
¡Cómo escribir con palabras al amor que se marcha!: ¿el azul de la primavera y del cielo ennegreció, aplastando la tierra y hundiéndola hasta los infiernos?, ¿un ataúd vino a encerrarla en vida?, ¿no puedo morir más?
—Si a los dos años seguís...te daré tu mitad... —logró decir entre sollozos una María que temblaba como sólo el desamor puede hacer que tiemble una persona.
Isabel se portó bien durante un año, esperando la consumación del divorcio. Se casaron inmediatamente. Luego esperó otro año, porque el noble y tontorrón de Fausto le comentó la promesa de su ex mujer.
María cumplió a medias. Después de varios intentos de suicidio, el psicólogo le propuso cambiar de lugar y de trabajo. Rota de dolor marchó a otra provincia, comprándose, con una altísima hipoteca, una vivienda allí. Esta fue la causa de no poder darle la mitad a su ex; aunque le vendió el apartamento, donde tan felices vivieron, a un precio tres veces inferior a lo que valía realmente.
Al estar casados, Fausto y la malvada de la amante, dicha propiedad pasaba a manos de los dos, a partes iguales.
Una vez conseguido sus planes, la joven caza fortunas, se dedicó a su vida de siempre: fiestas nocturnas, sexo y drogas; y a no trabajar. La hipoteca de la vivienda quedaba en manos de Fausto, así como el mantenimiento de su nueva mujer y su hijastra.
No paso mucho tiempo para que le cogiera asco a esta víbora de damisela, entrando en una verdadera depresión, no como la de los cuarenta de los hombres.
Recién separado nuevamente, y sin tener dónde dormir, hubo de ir a vivir con su madre octogenaria que padecía principios de alzhéimer, y que contaba con muy poco dinero para subsistir. A pesar de la avanzada edad y la enfermedad, la madre poseía un espíritu inmenso, no de lucha, sino de amor. No culpó a nadie, sólo ofreció cobijo, cariño y consejos. Tu salud es lo que me importa, y tu felicidad. Te quiero hijo.
Medio hundido andaba en la vida cuando apareció por el barrio un viejo amigo, golfo como él solo, pero amigo al fin y al cabo, y el único que tenía: los otros estaban casados y con sus familias. Manuel vio la situación en la que se encontraba Fausto y le aseguró que él le ayudaría a quitarle de encima a Isabel, que se la llevaría de juerga en juerga, hasta conquistarla.
Efectivamente así fue, la enamoró, pero enamorándose él también y yéndose a vivir con ella al apartamento del atónito Fausto.
Ahora no tenía ni mujer, ni dinero, ni vivienda. El amigo acudía con frecuencia a las comidas que los sábados por la noche daba la familia, poniéndose las medallas ante estos.
Sólo dándole dinero desapareció Manuel. Luego dejó de pagar la hipoteca un tiempo, para asustar a la sinvergüenza de Isabel y para que aceptara la venta del apartamento. Lo logró, aunque con la época que corría la vendió tirado de precio, más o menos por el valor que restaba de hipoteca.
Aún así un par de miles de euros tocó repartir a cada uno. Isabel, viéndose con dinero fresco, fue perseguida por los drogadictos de turno. Cayó en manos de uno de ellos, el que la metió en un prostíbulo.
Fausto quiso volver con su ex mujer, pero esta todavía no le perdonaba.
Actualmente vive con su madre, porque esta historia sigue viva y latente. Y en más de uno, y de miles, o más.
—No lo sé, pero yo sigo amándote con locura. Quizás seas tú el que ya no me quieres.
La mirada se perdía en las aguas del Mediterráneo. Mientras, los codos aguantaban el peso del cuerpo en la baranda del balcón. Tras él, el viento esparcía por el rostro las lágrimas de María.
"No puedo ser tan ruin, he de decirle la verdad, por mucho que duela" —decía Fausto a las olas que mecían a sus ojos nublados.
—Estoy viéndome con otra mujer, Mari.
María abrazaba sus sollozos, callada.
—Hace casi un año que nos vemos, y estoy enamorado de ella. Queremos vivir juntos —no quiso decir que su amante la había dado un ultimátum. Y creyó demasiado cruel comentarle que era diez años menor que ellos, que con ella revivía una segunda juventud.
—Lo sabía hacía la vista gorda... leí lo de la depresión de los cuarenta de los hombres... esa menopausia vuestra... pero callé callé...
Las gaviotas sobrevolaban la playa y a los pesqueros que volvían de faenar, pero nada ocultaba los llantos y el dolor de una María deshecha.
—No dejaré que le des a esa golfa ni un céntimo de lo que hemos conseguido... hemos luchado mucho... ¡tú lo sabes!, lo sabes... y ¡hemos sufrido demasiado para que una... porque la conozco sabes... he investigado maldita sea!
Las palabras, verdades tan grandes como ese mar inmenso que se postraba a sus pies, entraban por los oídos y dañaban las entrañas, reventando en dolor a esos dos cuerpos tantas veces abrazados.
—Si quieres ir a vivir con ella empieza de cero... estaré de abogados durante años, os amargaré la vida. Si te quiere de verdad se irá contigo con o sin dinero. ¡Te conozco, esa depravada te quitará lo que te lleves y sé perfectamente que tú no opondrás resistencia alguna!
—El culpable soy yo, Mari. Quédate todo lo nuestro, te lo mereces.
¡Cómo escribir con palabras al amor que se marcha!: ¿el azul de la primavera y del cielo ennegreció, aplastando la tierra y hundiéndola hasta los infiernos?, ¿un ataúd vino a encerrarla en vida?, ¿no puedo morir más?
—Si a los dos años seguís...te daré tu mitad... —logró decir entre sollozos una María que temblaba como sólo el desamor puede hacer que tiemble una persona.
Isabel se portó bien durante un año, esperando la consumación del divorcio. Se casaron inmediatamente. Luego esperó otro año, porque el noble y tontorrón de Fausto le comentó la promesa de su ex mujer.
María cumplió a medias. Después de varios intentos de suicidio, el psicólogo le propuso cambiar de lugar y de trabajo. Rota de dolor marchó a otra provincia, comprándose, con una altísima hipoteca, una vivienda allí. Esta fue la causa de no poder darle la mitad a su ex; aunque le vendió el apartamento, donde tan felices vivieron, a un precio tres veces inferior a lo que valía realmente.
Al estar casados, Fausto y la malvada de la amante, dicha propiedad pasaba a manos de los dos, a partes iguales.
Una vez conseguido sus planes, la joven caza fortunas, se dedicó a su vida de siempre: fiestas nocturnas, sexo y drogas; y a no trabajar. La hipoteca de la vivienda quedaba en manos de Fausto, así como el mantenimiento de su nueva mujer y su hijastra.
No paso mucho tiempo para que le cogiera asco a esta víbora de damisela, entrando en una verdadera depresión, no como la de los cuarenta de los hombres.
Recién separado nuevamente, y sin tener dónde dormir, hubo de ir a vivir con su madre octogenaria que padecía principios de alzhéimer, y que contaba con muy poco dinero para subsistir. A pesar de la avanzada edad y la enfermedad, la madre poseía un espíritu inmenso, no de lucha, sino de amor. No culpó a nadie, sólo ofreció cobijo, cariño y consejos. Tu salud es lo que me importa, y tu felicidad. Te quiero hijo.
Medio hundido andaba en la vida cuando apareció por el barrio un viejo amigo, golfo como él solo, pero amigo al fin y al cabo, y el único que tenía: los otros estaban casados y con sus familias. Manuel vio la situación en la que se encontraba Fausto y le aseguró que él le ayudaría a quitarle de encima a Isabel, que se la llevaría de juerga en juerga, hasta conquistarla.
Efectivamente así fue, la enamoró, pero enamorándose él también y yéndose a vivir con ella al apartamento del atónito Fausto.
Ahora no tenía ni mujer, ni dinero, ni vivienda. El amigo acudía con frecuencia a las comidas que los sábados por la noche daba la familia, poniéndose las medallas ante estos.
Sólo dándole dinero desapareció Manuel. Luego dejó de pagar la hipoteca un tiempo, para asustar a la sinvergüenza de Isabel y para que aceptara la venta del apartamento. Lo logró, aunque con la época que corría la vendió tirado de precio, más o menos por el valor que restaba de hipoteca.
Aún así un par de miles de euros tocó repartir a cada uno. Isabel, viéndose con dinero fresco, fue perseguida por los drogadictos de turno. Cayó en manos de uno de ellos, el que la metió en un prostíbulo.
Fausto quiso volver con su ex mujer, pero esta todavía no le perdonaba.
Actualmente vive con su madre, porque esta historia sigue viva y latente. Y en más de uno, y de miles, o más.
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